Daría la mitad del cielo, o un ojo de Narcís Serra, por adivinar la sensación y el pensamiento de Rajoy cuando, en la madrugada del lunes, en su casa, y tras la amorosa escena del balcón genovés, el hombre tranquilo del PP y de Pontevedra encendió, ¡por fin!, un puro y comenzó a repasar el calvario de los últimos meses, del último año. Desde que Zapatero los arroyó con los cuatro puntos de ventaja en los comicios generales del 2008, hasta que el pasado domingo el PP le devolvió la afrenta, con lo que pasó de un menos cuatro puntos en el 2008 a más cuatro en el 2009, ¡ocho de un salto! Y todavía hay gente de bien, y malintencionados, que no acaban de apreciar toda la importancia de este resultado electoral.
Rajoy es corredor de fondo, sube a tren las rampas del Tourmalet, y hace la goma con sus adversarios, incluso con los que desde dentro de su equipo están a la espera de una pájara que les permita a ellos (o ella) hacerse con el rango de jefe de filas. De Zapatero habrá recordado Rajoy la frase aquella del reciente debate de la nación cuando el jefe del Gobierno, haciendo uso de su proverbial talante democrático, le dijo al líder de la oposición que es un eterno perdedor, un Poulidor. Pues no han pasado semanas y Zapatero ya es el perdedor. También podemos imaginar lo que piensa Rajoy sobre la capacidad política del jefe del Gobierno, pero eso nos lo vamos a callar.
Sin embargo me impacienta la curiosidad de lo que pensaba Rajoy sobre sus compañeros de partido. Sobre, por ejemplo, los vivas a Aznar y Rato del memo de Mayor Oreja en el balcón de la victoria electoral. "Déjalo que diga lo que quiera, y a ver si se va a Estrasburgo de una puñetera vez", me imagino que podría haber pensado Rajoy, después de haber utilizado esta pésima marca de Mayor, como cabeza de cartel electoral, pero con la sola intención de echar carnaza al dragón insaciable que habita la cueva (FAES) de Aznar, y deambula por las redacciones de El Mundo y la COPE, donde estaban dispuestos a sacar en precesión a Rosa Díaz si el candidato era un moderado del PP. Y no digamos si aparecía en la escena electoral el ahora desaparecido Gallardón -dicen que ha pedido asilo político en México-, u otro moderado, por ejemplo González Pons.
Sí, a fin de cuentas, no le ha salido a Rajoy mal del todo lo de Mayor. Y, a decir verdad, puede que tampoco le venga mal que Aguirre haya obtenido un buen resultado en Madrid, a ver si se tranquiliza y deja de conspirar. De momento la condesa de Bombay ha inclinado la cabeza ante su jefe y dijo que el liderazgo de Rajoy ha salido extraordinariamente reforzado. Algo es algo, pero insuficiente. Para que su rectificación sea aceptada y creída en la sede central del PP, la condesa deberá llevar en bandeja de plata las cuatro cabezas de "la banda de los cuatro", de la Comunidad de Madrid, dejar en paz Caja Madrid y provocar un vuelco en Telemadrid. En Génova lo saben todo, lo que ella conspiró y cómo alimento a sus cancerberos mediáticos de extrema derecha, sólo para derrocar a Rajoy.
Y aunque Rajoy reclamó en el balcón de Génova el espíritu renovador del congreso de Valencia, todo apunta a que a partir de ahora, cuando todos sus enemigos internos empiezan a verlo como un posible o inevitable ganador, el hombre tranquilo de Pontevedra será generoso y componedor, y jugará a dar sitio a unos y otros, pero sin dejar de vigilar porque, a partir de ahora, el que se mueva no saldrá en la foto de la recuperación del poder. Y puede, incluso, que muchos se queden en el todavía largo camino y sin rechistar o que ruede, cueste lo que cueste, una oronda cabeza si vuelve a cazar a uno de los conspiradores, conspiradoras, intentando moverle, por enésima vez, el sillón.
El escenario ha cambiado de manera radical, por escaso que aún le parezca a más de uno de los suyos, y en el Partido Popular habrá muchas novedades y ciertos cambios de importancia a la vuelta del verano, en estrategias y en personas, ya lo verán y no vamos, por ahora, a decir nada más porque luego todo se sabe. Pero me apuesto el otro ojo de Narcís Serra, o la otra mitad del cielo, a que las cosas no quedarán, simplemente, como están.

