A medida que pasan los días y las horas, el ceñidor con hebilla italiana que el sastre José Tomás le puso en la trasera de los pantalones de los famosos trajes de Francisco Camps se estrecha sólo como por arte de magia y le presiona la taleguilla de este figurín de la política valenciana. El que quiere pasar las Fallas como el ninot indultat, y parece estar a la espera de que el sumario de la sastrería de Correa, Crespo y Bigotes le caiga en las manos a un juez amigo y local, mientras echa balones fuera de su Mestalla particular, diciendo que todo son mentiras y, al parecer y vistas las declaraciones del sastre en El País, mintiendo él cuando dijera que sus trajes se los pagaba él. Porque lo que se sabe y confiesa el sastre es que el tal Crespo era quien ponía el "parné", en billetes de 500 euros, los Ben Laden en el argot español.
Decía Camps, saludando al tendido de su Parlamento valenciá, que aún le queda "un ratito largo que soportar". Si tuviera la vergüenza torera que debiera tener, sólo le quedarían cinco minutos. Porque su presunta y más que sospechosa paciencia contrasta con su desesperación y la urgencia con la que, por una parte, exigía la entrega de sus trajes y, por la otra, no dejaba de llamar al sastre José Tomás mientras era interrogado por parte de la Policía Judicial, para al final confesar a su vestidor que "el bigotes se había ido de la lengua".
Camps sigue sin decir cuántos trajes compró en Madrid y cómo y cuándo los pagó. Huye y huye de la verdad y se nos aparece disfrazado, de no se sabe qué en el preámbulo fallero, con pañoleta verde y una caña como si de un báculo se tratara, para decir que todo es mentira, mientras suda la gota gorda y se nos muestra como si del Ecce Homo se tratara antes de iniciar su propio ascenso por el Monte Calvario, en la que puede llegar a ser la autocrucifixión política más tonta de la historia reciente de España.
Todavía un Jaguar, un chalé, el viaje de novios, el catering de una boda, o una buena cuenta corriente en un paraíso fiscal, como el que le acaban de pillar al propio Correa, podría tener sentido como tentación de políticos que viven de la política, y no para la política. Pero lo del trinque de trajes que se desprende del auto y de la declaración del sastre, frente el silencio y la mueca cada vez más forzada de Camps, es indecente y lamentable. Y se entiende la perplejidad de la presidencia del PP frente a quien no dice, ni siquiera a sus compañeros, lo que ha pasado y está a la espera de que un juez amigo o magnánimo le de una absolución judicial. La que nunca eximiría la responsabilidad política de recibir grandes regalos de parte de quienes contratan con la Generalitat o el PP valenciano, por muy privado que sea este último.
Con la mirada puesta en las elecciones europeas y convencido de que los resultados del País Vasco y Galicia juegan a su favor, Mariano Rajoy, que no sale de su asombro por las noticias que llueven sobre el tejado del PP, intenta alargar los plazos y concede a los políticos valencianos una doble vara de medir, mientras exige la dimisión a otros imputados madrileños. Y todos, en la sede central de Génova, se preguntan por dónde va a saltar el próximo nombre de los regalados del 'caso Gürtel', mientras miran de reojo y con la respiración contenida al tesorero Bárcenas, del que el fiscal dijo no tener los indicios suficientes para su imputación. Aunque señales de alto lujo las hay para que alguien silbe la canción de "la chica del 17", porque nadie sabe "de dónde saca para tanto como destaca".
En fín, esto de la política va demasiado deprisa. Los del PP conquistaron Galicia, pueden colaborar en el Gobierno de Euskadi y al final de todo el enredo los del PP pueden acabar dañando, o perdiendo, su poder político en Valencia y en Madrid. Sobre todo si no cortan por lo sano, pronto y bien, y no dejan crecer la metástasis de este cáncer heredado que afloró en el peor de los momentos políticos posibles, como si se tratara de una muy extraña y perversamente calculada maldición.

