Se acabaron los paños calientes y el líder del PP, Mariano Rajoy, cogió su fusil y abatió de un doble disparo a Ricardo Costa como secretario general del PP valenciano y portavoz en el Parlamento autonómico. Y tras subir el cañón de su rifle con la tercera bala en la recámara, el jefe del PP y de la oposición puso en la cruceta de su mira telescópica la oronda cabeza del presidente Camps, al que probablemente ha sentenciado a muerte para sustituirlo por González Pons a la primera oportunidad. Dejando a Camps ante un dramático dilema: o se humilla ante Rajoy, o adelanta elecciones para impedir el desembarco de Pons y poner un cortafuego al gran incendio del PP valenciano. Aunque a Camps le queda la tercera vía de un enroque y de una pelea interna contra Rajoy, lo que sería sin lugar a dudas el principio del fin del Partido Popular.
Ya se lo advirtió Rajoy a Camps cuando le recordó que hizo la mili en el destacamento de limpieza de Valencia, presentándose en sociedad como el "Don Limpio" de la política del PP. Además, Rajoy no tenía otra salida porque o caía Costa o sería Rajoy quien tendría que dejar la presidencia del PP por flagrante ausencia de su autoridad.
De manera que todos los trucos de Camps y Costa sobre "me voy si Rajoy garantiza una investigación exculpatoria" no duraron más de una hora en medio de una gran confusión general, política y mediática en el atardecer valenciano. Hasta que llegó como un certero misil el sartenazo de Génova, atribuyéndose la decisión y la potestad de suspender a Costa de sus cargos, una potestad que está por ver y demostrar. Pero, de momento, se acabó el taifa valenciano del PP, a no ser que un Camps enloquecido lidere, como Ben Yusuf, su definitiva rebelión, frente al hoy por fin furioso y envalentonado campeador Rajoy.
Los juegos florales de Valencia -a los que misteriosamente asistió (según TVE 24 horas) el que fuera secretario general del PP Francisco Álvarez-Cascos, imaginamos que para aconsejar a Camps la defensa numantina de Valencia frente a Rajoy, y frente a las huestes de Rubalcaba- acabaron en una sangrienta, políticamente hablando, escabechina de la que alardeaba sin rodeos González Pons en Valencia desde el pasado viernes, cuando anunció que la fiesta se acababa a las cuatro de la tarde, lo que ayer quiso rectificar el nuevo y desafiante Costa asegurando que la fiesta era eterna en el PP de su región.
Menudo espectáculo han dado y están dando unos y otros, mientras Aguirre mira de reojo la furia desbocada de Don Limpio, Rajoy, por si pronto tiene que poner las barbas de alguno de los suyos a remojar. Aunque aquí nadie ha dicho la última palabra, porque una vez que se cortan cabezas como la de Costa, sin imputación ni directa responsabilidad presuntamente delictiva, con el solo discurso de la responsabilidad política, pronto oiremos a otros exigirle a Rajoy el cese de Bárcenas del Senado y de la sede del PP (donde se dice que continúa, en compañía de Galeote y Sepúlveda). Y si de lo que se trata es de responsabilidades políticas, pues a ver hasta dónde llegan las de Rajoy y Arenas en campañas electorales donde colaboraron Correa y su clan.
De momento, y hasta nueva orden que podría llegar, al chivo Costa le han dado matarile como se anunció desde Génova y era imposible frenar sin menoscabar la autoridad de Rajoy. Además ya lo decía Bola de Nieve en su canción: "chivo que rompe tambor/ con su pellejo paga,/ y lo que es mucho peor,/ en chilindrón acaba". Y decimos de momento porque esta matanza que se ha iniciado con el chivo Costa y que se anuncia desde Madrid no hizo nada más que comenzar.

