Decíamos días atrás que Gabilondo en la Cuatro asesora a Zapatero sobre su política de comunicación y, mire usted por dónde, ahora es Pedro J. en El Mundo quien se nos pone campanudo y conmina, como si de amenaza o advertencia se tratara, ni más ni menos que al presidente del Gobierno y al líder de la oposición, Rajoy, para que anuncien, desde ahora, un compromiso de boda a celebrar en septiembre en el altar de la crisis económica. Y, una vez hechas las mutuas proclamaciones amorosas, ambos podrán marcharse de vacaciones tan campantes porque la crisis puede esperar. Pedro J. adora a Zapatero, con quien conversa horas y horas, y considera que Rajoy es un estorbo para sus pretensiones y, en el mejor de los casos, de usar y tirar. Y está empeñado en unos segundos Pactos de la Moncloa sobre la crisis de la economía para que la oposición pierda su mejor argumento y Zapatero se salve de la hoguera que él mismo encendió.
Pero se olvida el activista Pedro J. que los famosos Pactos de la Moncloa por los que suspira fueron consecuencia de un previo pacto político estatal nacido de la emergencia y de la excepción del inicio de la transición, y en consecuencia que no estamos ante una situación similar ni parecida. Sobre todo porque un gran pacto nacional pasaría por una cuestión previa, y de todo punto insoslayable, como sería un pacto de Estado sobre la cohesión e identidad nacional, al margen de las locuras nacionalistas, para recomponer los destrozos causados por Zapatero en los últimos cinco años con su burdo empeño de forzar la reforma confederal del Estado encubierta por la vía de reformas estatutarias, como las que se han puesto en marcha con el Estatuto catalán, ahora con la reforma del sistema de financiación autonómica -que afecta de lleno a los Presupuestos Generales del Estado-, y la nueva Ley de Educación catalana, entre otras muchas cosas.
Una ley, esta última -sobre la que calla el Gabilondo predicador y apoya el Gabilondo ministro, los dos sin el menor pudor-, que prohíbe la enseñanza del castellano en esa parte de España, gracias al decidido apoyo político de Zapatero, y no de Montilla o Mas. El mismo presidente que negaba no hace mucho la identidad de España como nación -"discutida y discutible", decía el monclovita-, con igual frivolidad y soltura con la que, en consecuencia, Zapatero se declaraba promotor del Estado confederal con el que intentaba seducir a ETA en colaboración con Otegi -"un hombre de paz", según el presidente- a quien la corte Europea de Estrasburgo acaba de confirmar en el campo del terror.
Ahora, salido Ibarretxe de Ajuria Enea, huido Urkullu al monte Gorbea en la fiesta de la banderita y tras el regreso de ETA a las pistolas, el cuento de la lechera confederal y pacificadora no sirve y, aunque se mantiene entre la bruma de su "España plural", el objetivo de Zapatero ya no es alcanzar el título, o el Nobel, de Príncipe de la Paz, sino que se conforma con lograr su supervivencia política rompiendo, con la ayuda de minorías y nacionalistas, la soledad parlamentaria en la que, en otro tiempo, sumió al PP tras el Pacto del Tinell, cuando Maragall campaba a sus anchas por la Generalitat. Como ahora campa Montilla pasando del catalanismo al nacionalismo de la mano de ERC y provocando una histórica fractura en el PSC-PSOE, convertida en permanente chantaje y amenaza sobre el presidente del Gobierno y, en consecuencia, sobre la cohesión nacional.
Y regresamos, tras este breve recorrido sobre lo que ocurre en España -y a no olvidar la reapertura de las tumbas y las heridas de la Guerra Civil, o la fallida "vuelta de la tortilla" de Zapatero- al campanudo discurso de Pedro J. pidiendo el pacto PSOE-PP sobre la economía, que es imposible de todo punto sin previo pacto sobre la identidad y cohesión nacional. Y que resulta técnica y políticamente inabordable porque Zapatero, que sólo piensa en su propia salvación, teme como al diablo una huelga general que hundiría la base de su suelo electoral, y está enrocado en su discurso social/peronista del subsidio, más gasto sin control, no a la reforma laboral, no a las nucleares, más impuestos a las clases medias y el déficit público al servicio de los confederados autonómicos para pagar su costosa estabilidad parlamentaria y personal. No te pongas campanudo, Pedro J., para salvar a Zapatero, quien, por otra parte, no ve la necesidad de pactar porque ya está anunciando el fin de la crisis como consecuencia de su proverbial habilidad. Lo dijo ayer en Galapagar.

