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Babá la Turca

12/01/2009 | 14:53 h.

Se estrenaba ayer en el Teatro Real de Madrid La carrera del libertino, de Igor Stravinski, otra incansable lucha entre el bien y el mal que el amor de la idílica Venus pretende salvar de las garras de la sombra demoníaca que agota, sin éxito, su muestrario de tentaciones al iluso libertino, un Adonis tocado por la fortuna y preso de cualquier tentación. Asistíamos la rentré musical del curso político cultural y empresarial con un teatro visitado por las libertinas víctimas de Madoff, que hicieron su acto de presencia en el salón, mientras otras optaron por agotar la temporada de caza o recluirse en sus habitaciones meditando sobre la estafa que escondía el pastel, en el que casi todos los que son en la alta sociedad madrileña cayeron de patas en él.

Y como bien dice y advierte en el epílogo de la sesión la exótica Baba la Turca, mesándose sus bigotes, a las damas de toda la escala social: "Tarde o temprano habréis de descubrir que, buenos o malvados, los hombres están todos trastornados". Y no le falta razón a la buena señora si hablamos del poder, el dinero, la belleza o la pasión, y en el caso español añadimos unas gotas de envidia, que es el deporte nacional, y no el fútbol, como lo imagina una gran parte de la población.

En España, en las plateas y el patio de butacas del Teatro Real las víctimas del arquitecto de la pirámide de Wall Street se esconden y también algunos se pavonean, porque los hay quienes consideran que ser víctima de Madoff les garantiza un cierto "caché", o un estatus social de privilegio, por más que a ninguno de ellos, avaros de profesión o de devoción, les gusta perder dinero, y no digamos si han perdido en esa ruleta americana gran parte de sus ahorros, cuando lo que imaginaban es que habían descubierto un filón. Dicen que hasta el bueno de Mingote cayó en la tentación, y se subió a la lista de los ricos damnificados, donde resuena con sarcasmo la conclusión de Rakevell: "Cuidado, chicos, con fantasear que sois otro Virgilio o Julio César, no vaya a ser que al despertar cual simple libertino os levantéis".

Cuenta el orate que entre los llorones cazadores y víctimas de Madoff está el inefable Castellanos, pared de por medio, junto al despacho de Rato, que está deshojando la margarita de sus entretelas, volver o no volver a la arena política o regresar al balcón de Carabaña en compañía de Pedro J. y Aznar, mientras se mesa la perilla de Mefístófeles y las telarañas inundan la pecera del minibanco en el que poco o nada tiene que hacer, añorando los minutos de gloria -que él creyó minutos basura- que le hubieran tocado vivir en el FMI: dialogando con los grandes, y divagando entre Milton y Keynes, en busca de los polvos de la madre Celestina, o de la mágica piedra filosofal que convierta el paro en trabajo, la deuda en créditos y el déficit gigante en un esplendoroso superávit, que deslumbre y acobarde al mortífero dragón de la gran depresión.

En el Gobierno, Zapatero es otro que tal baila, con su particular carrera de libertino progresista y pacificador, soñando con la foto junto a Obama que cree tener al alcance de la mano, luego con la presidencia de la UE, y un poco más adelante con la primavera de la recuperación económica, allá por el segundo semestre del 2010. Mientras, en el Gólgota del PP, los barones y la que era guardia pretoriana de Rajoy se disputarán la túnica y el cetro del líder caído y sepultado en su propia desidia. El que ahora acaba de declarar que las elecciones gallegas, vascas y europeas no van con él.

¿Y Gallardón? El alcalde tiene la mirada perdida en su dorado palco del Teatro Real, escucha decepcionado la interpretación orquestal que de la obra de Stravinsky hizo Cristopher Hogwood -"demasiado monótono, y falto de pasión"-, sólo mejorada por el buen hacer de María Bayo y la esplendorosa escenografía de Robert Lepage, que compensaron el ritmo cansino de la sesión. Ve nuestro deprimido alcalde de Madrid a su fatal enemiga, Aguirre, disfrazada de Babá la Turca, robándole Caja Madrid, y teme que la Sombra del Diablo se lo lleve a los infiernos del PP, si saltan Rato o Aznar a la palestra, por más que se estrellen Mayor Oreja y Rajoy, como teme quedarse sin la Olimpiada que Obama se llevará para Chicago, dejando por segunda vez y a dos velas al gran Madrid. A Gallardón le ha entretenido, pero no le ha gustado, el concierto. Tenía la cabeza en otras cosas y además la cierta monotonía de la orquesta le traía recuerdos del susurrante violón de Rajoy, y su interminable y aburrido concierto de salón.

12/01/2009 | 14:53 h.

Marcello

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