"El socialismo es el traje de faena de la
Mediocridad, el uniforme del conformismo"
(Baura)
Los mal llamados "agentes sociales" -patronales y sindicatos-, dos ramas simétricas de un mismo tronco de subvenciones y falsa representatividad, buscan una salida a la crisis económica que el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero no es capaz de poner sobre la mesa. Coinciden todos en indagar, con mayor o menor entusiasmo, territorios intervencionistas. Esperan de la socialdemocracia lo que ésta no puede dar, ni ha dado nunca en ninguno de los escenarios de su mayor grandeza.
Ocurre que los españoles solemos vivir nuestras respectivas verdades y creencias envolviéndolas en un paquete de complejos. Aquí, salvo notorias excepciones casi siempre radicales, los católicos no afirman serlo y los banqueros -por llevar la expresión a la caricatura- presumen de su sentido social. Incluso muchos de los que alardean de su posición a la izquierda del paisaje social lo hacen de boquilla y mientras les corroe su sentido conservador. Está mal visto ser sinceros y convenientemente descarados a la hora de expresar nuestras ideas. Más todavía si se presenta la oportunidad de defenderlas.
Ante la crisis y la búsqueda de las soluciones que puedan aliviárnosla, conviene recordar lo que nos dijo Friedrich Hayek treinta años antes de que le dieran el Nobel de Economía: "Se equivocan terriblemente los que creen que podemos ayudar a dominar las fuerzas de la sociedad de la misma manera que hemos aprendido a dominar las fuerzas de la naturaleza".
Desde que, en Sabadell, en 1844, el padre Félix Sardá i Salvany publicó su famoso libro El capitalismo es pecado, y lo entendió como una herejía y un crimen, muchos sectores de la Iglesia y las izquierdas más clásicas han ido de la mano en su condena a la consagración de la libertad y la competencia en el mercado, el motor de la riqueza de Occidente. Nadie quiere renunciar a esa riqueza, de la que nace el Estado de bienestar, que nos ha convertido a los europeos en seres privilegiados en el orden internacional; pero son muchos, más cada día, quienes quieren mantenerla sin respetar los cimientos y pilares que la sustentan.
Incluso los líderes de la derecha política española, empezando por Mariano Rajoy, Artur Mas e Iñigo Urkullu, no se atreven a manifestarse con claridad a favor de las tesis que resultan esenciales para sus respectivas formaciones y disimulan con torpeza su prédica liberal, la única que puede sacarnos del atolladero económico a que nos ha llevado una crisis global y que se acentúa por la incapacidad de reacciones inteligentes y pragmáticas por parte del Gobierno.
FAES, la fundación que preside José María Aznar y que demuestra el divorcio intelectual que se vive en la cumbre del PP, parece consciente del déficit liberal en el raciocinio nacional y, para compensarlo, aprovecha la menor oportunidad para sacar en procesión, como en un rogativa piadosa, a los "santos" liberales españoles que, como es lógico, se han buscado la vida por el mundo.
El último "santo" expuesto en las hornacinas de FAES ha sido Luis Garicano, un asturiano listo formado en Chicago y ahora profesor de la London School of Economics. Lo ha sintetizado con precisión muy poco española, sajona: los problemas de nuestra economía se centran en la productividad, el mercado de trabajo, la investigación y la educación. A mayor abundamiento, acudiendo a las raíces del mal, ha dejado claro que "la reforma de la educación es fundamental para sacarnos del atolladero de la productividad y la competitividad". "Si la mitad de los chicos españoles -añadió- no sabe prácticamente ni leer ni escribir, el resto da igual".
Personalmente, me aburre repetir una y mil veces las mismas fórmulas, las que pueden sacarnos del apuro colectivo en que nos encontramos; pero parece responsable seguir haciéndolo hasta que el poder sepa sacudirse el populismo que le encorseta e inmoviliza y actuar en consecuencia. Lo de Garicano va a misa. Es la formulación ibérica de Hayek mejorada con la experiencia vital de haber asistido a los estertores del socialismo real. El progreso empieza por la educación y se perfecciona en el mercado por la competencia. Todo lo demás son arabescos laterales.
Otra cosa es que un Gobierno socialista y unos "agentes sociales" subvencionados y no representativos sepan que la competencia y la libertad resultan irrespirables para ellos y actúen en consecuencia. Pero que quede claro, el liberalismo no es pecado. Tampoco es antisocial. Es la única solución.

