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Manuel Martín Ferrand

Manuel Martín Ferrand

Dolora por un oficio proscrito

20/07/2009 | 14:46 h.

"Unos céntimos de Historia envueltos en un

Cucurucho de papel, eso es el periodismo"

(Edmond y Jules Goncourt)

Muchas veces he dicho que EEUU es el país más grande de la Tierra porque allí no tienen ni letra de cambio ni cuerpo diplomático. Quizás, vista la transformación de los procedimientos de pago, habría que dejar a un lado lo de la letra de cambio y sustituir ese valor por otro distinto: en EEUU son posibles -¿lo siguen siendo?- periodistas de televisión como Walter Cronkite. Cronkite ha muerto a los 92 años de edad y con él se ha ido una referencia de lo que debe ser el ejercicio independiente y cabal de un oficio en decadencia y con creciente propensión a agruparse en banderías.

La historia del periodismo tradicional, impreso, no tiene en España nada que envidiar a la del mundo. Todo lo contrario. Aquí se ha hecho, cuando se ha podido, un periodismo brillante y, cuando no se ha podido, un periodismo rebelde y disconforme. Los maestros se cuentan por docenas. Hace solo unos días lamentábamos la desaparición de Victoriano Crémer, que, a punto de cumplir los 93, escribía una modélica columna en Diario de León. Antonio Mingote, ya nonagenario, nos da ejemplo, cada día, de juventud crítica y creadora con sus editoriales gráficos de ABC y, en La Vanguardia, Carlos Sentís, ya cumplidos los 97, publica todas las semanas un artículo que merece ser leído. Son los restos de una generación que, por la derecha y por la izquierda, fue fecunda en magistrales plumas de periódico y continuadora de otras anteriores en las que se despilfarró el talento.

En sus Memorias de un reportero contaba Cronkite su peripecia personal. Es todo un manual que debiera instaurarse como de lectura obligatoria en las facultades que, dicen, forman periodistas. El desaparecido maestro, para no ahorrar ninguno de los peldaños en la escalera del oficio, comenzó a los quince años como repartidor, en bicicleta, de las suscripciones del que fue su primer periódico, The Houston Post. De ahí pasó a la radio, algo especialmente formativo para los devotos de la información, y de la KCMO de Kansas, donde cosechó una esposa que le acompañaría toda su vida y una cierta notoriedad profesional, salió corriendo para huir de las corruptelas informativo-publicitarias que el medio no ha conseguido, todavía, erradicar.

Su plenitud profesional la alcanzó Cronkite en la United Press, la UPI, como corresponsal en Europa durante la II Gran Guerra. En muchas escuelas de periodismo americanas siguen estudiando sus telegramas como ejemplo de síntesis, precisión y riqueza expositiva. "Yo soy un reportero", decía entonces con orgullo, y lo siguió repitiendo después, ya convertido en uno de los grandes personajes de la vida pública americana, cuando alcanzó la condición de máximo prescriptor informativo de su tiempo.

Hasta aquí, afortunadamente, podríamos encontrar en España biografías profesionales de parecido mérito y ejemplaridad equivalente. En lo que no tenemos nada parecido en la televisión.

Cronkite llegó a la televisión ya talludito, en 1950. Edward W. Murrow, otro de los grandes maestros del periodismo audiovisual, le contrató para que pusiera en marcha la delegación en Chicago de la CBS. Más tarde, ya con 47 años cumplidos, pasó a dirigir y presentar las noticias de las siete de la tarde, el más importante informativo de la cadena y de EEUU en aquellos tiempos. Ahí se mantuvo, con todo el respeto y la confianza de los espectadores, hasta que el reglamento de cadena le obligó a jubilarse. Siguió activo, vibrante en programas especiales y sabio en funciones de asesoría, hasta que una demencia senil le sacó de la pista de las noticias y la actividad.

En España, como apuntaba más arriba, la televisión no ha permitido casos como el de Cronkite. En la dictadura franquista se hicieron buenos y meritorios esfuerzos, pero sin libertad no hay información que merezca respeto. Después, llegada la democracia, las televisiones públicas -muchas, demasiadas- se mantuvieron como herramientas de propaganda al servicio del poder de turno y, llegadas las privadas, la competencia no ha fructificado en productos informativos. La bazofia y el cotilleo se han adueñado del medio. No es posible un Cronkite. No puede haberlo sin un par de décadas de permanencia diaria en las pantallas, y aquí los intentos voluntariosos, que los hubo y los hay, duran un par de años. O menos.

Aunque nadie, y menos un español de pura cepa, suele aprender con la experiencia ajena, la muerte de Walter Cronkite es un buen pretexto para reflexionar sobre el tortuoso e indeseable camino que sigue en las televisiones españolas el trabajo informativo. Una televisión madura, sosegada, sin productos nocivos para la salud moral de la ciudadanía y plena de rigor informativo enriquecido por opiniones independientes es la prueba de la solidez de una democracia. Nosotros sólo somos una partitocracia y, además, biroja.

20/07/2009 | 14:46 h.

Manuel Martín Ferrand

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