"A grandes males,
Grandes remedios"
(Hipócrates)
Madrid ya no es lo que era. La rotunda victoria del Barça sobre el Real Madrid ha sumido a la capital de España en una múltiple depresión. Para mayor dolor y catástrofe, la exhibición de fortaleza que puede encarnarse en Messi, Pujol, Henry y Piqué se produjo en plena fiesta del Dos de Mayo, la efeméride más gloriosa de la ciudad del Manzanares y, en los últimos años, el día en que la Comunidad celebra su gran fiesta anual.
Algún visitante desavisado podría pensar, si está recién llegado a Madrid, que el dolor por la justa y merecida derrota del club blanco ha tenido los efectos demoledores de un terremoto o cosa parecida. No llega a tanto la cosa. Madrid es una trinchera continua, una zanja profunda, un permanente talar de árboles ancianos, el paraíso del graffiti..., pero no es ello efecto de la desesperada rabia de los madrileños. No. Es la manera que Alberto Ruiz-Gallardón, el alcalde, tiene de lucirse. Supongo que mis nietos, pobrecitos, conocerán una ciudad hermosa, cuasi perfecta y dotada de todos los adelantos y servicios que un Ayuntamiento pueda ofrecer a sus vecinos. De momento, y desde que Gallardón, por el capricho de José María Aznar, tomó la vara que le corresponde -y que, para mostrar su avanzada modernidad, no ha vuelto a tocar desde su toma de posesión-, las excavadoras y las piquetas no han cesado de hurgarle el subsuelo a la ciudad. Dicen que es para mejor merecer unos Juegos Olímpicos y, suponiendo que así sea, algunos tenemos claro dónde debiera guardarse Gallardón tan costoso e incómodo proyecto.
Junto a la bien fundada depresión deportiva, Madrid vive otras de distinto rango. Quienes, por ejemplo, creemos que José Luis Rodríguez Zapatero es una calamidad como jefe de Gobierno y que su política económica no es mala -como asegura Mariano Rajoy-, sino que es inexistente y se sostiene con embustes e intereses meramente partidistas, es una desgracia que el único partido sobre el que puede pivotar la alternativa, el PP, escenifique en Madrid, más y mejor que en ningún otro escenario, sus absurdas e irresponsables guerras de familia.
Esperanza Aguirre y Ruiz-Gallardón parecen obstinados en reverdecer las peleas zarzueleras que tanta gloria le han dado al género chico. No se tiran del moño porque ya no se lleva; pero sus modales son los de los libretos más tradicionales. Ninguno de los dos pierde la oportunidad de zaherir al otro y así, en beneficio de Zapatero y sus muchachos, se debilita un partido que, por ser el "otro", centra todas las esperanzas posibles de recuperación nacional. No digo regeneración, que sería lo suyo, porque eso ya lo prometió José María Aznar y se lo vendió a Jordi Pujol por un plato de lentejas.
En los actos de la celebración del Dos de Mayo la comidilla más frecuente ha girado en torno a la posibilidad de que Gallardón, en perjuicio de María Dolores de Cospedal, ocupara la Secretaría General del PP. El propio Rajoy lo ha desmentido; pero los rumores, el género más frecuente en el periodismo español de los últimos años, siempre tienen, por insolventes que resulten, un punto de apoyo en la realidad.
El caso es que, a diferencia con el pasatiempo de Antón Perulero, aquí nadie atiende a su juego. El propio Rajoy, en el acto de presentación de los candidatos del PP a las elecciones para el Parlamento Europeo, más que glosar los méritos y virtudes de los nombres de la lista -algo que, en más de dos tercios de quienes la integran, hubiera sido misión imposible- dedicó sus siempre moderadas ganas a recordarnos la falsedad y el vacío de la política económica del Gobierno. Debe tratarse de dejar bien claro que, al igual que al PSOE, al PP le importa mucho menos Europa y sus representantes que atender a los próximos comicios como si fueran una "primarias" con vistas al 2012, o antes si se llega a demostrar que la ley de la gravedad también ejerce su influencia sobre Zapatero.
Todo es confuso. El PP postula como solución para las crisis que nos angustian una reducción fiscal que pueda acelerar el consumo. No es que el liberalismo del PP esté acreditado, pero por ahí marcan el rumbo los manuales. Y, sin embargo, los grandes líderes de la derecha europea, Angela Merkel y Nicolas Sarcozy, niegan con sus respectivas conductas de gobierno la prédica de Rajoy. El tiempo es de verdadera tribulación. Las crisis no generan otra cosa y, aquí y ahora, tenemos la desgracia añadida, sobre los viejos males estructurales del Estado y la Nación acelerados por el espíritu autonómico, de una nómina en el poder, en el Gobierno de España, tan mínima e inconsistente como nunca jamás contempló la historia. Y, encima, lo del Barça.

