Un juez de la Audiencia Nacional ha admitido a trámite una querella contra el entonces ministro de Defensa israelí por un bombardeo que mató en el 2002 a catorce civiles inocentes en Gaza, la mayoría bebés y niños. El objetivo era asesinar a un alto responsable de Hamas, y el método, lanzar sobre su casa una bomba de una tonelada desde un F-16. La operación fue calificada por el entonces primer ministro Ariel Sharon, el mismo al que Bush calificaría en una de sus visitas a la Casa Blanca como "un hombre de paz", como un éxito rotundo. Los denominados "daños colaterales" no importan ni interesan. Eso es lo que pretende juzgar la Audiencia Nacional. Difícil tarea, por no decir imposible, la que tiene por delante cuando ya las presiones de todo tipo para el archivo o adormecimiento del caso están ya en marcha.
La primera reacción del Gobierno israelí ha sido inmediata y preludio de esas fuertes presiones. Por boca de su actual ministro de Defensa, ha calificado esa decisión judicial como "alucinante", añadiendo que "quien califique el asesinato de un terrorista de crimen contra la humanidad vive en un mundo al revés". La frase es reveladora de la lógica imperante en el permanente conflicto de los territorios ocupados, tanto en cualquier Gobierno israelí del signo que sea como en la inmensa mayoría de la población de ese país como en el creciente lobby pro Israel no sólo en Estados Unidos sino también en la mayoría de países occidentales, entre ellos España. Ellos son los que viven en un mundo al revés, un mundo diseñado por ellos y, eso sí, muy poderoso. Es el todo vale, sabiéndose infinitamente más fuerte y totalmente impune ante los crímenes que cometen.
Este crimen contra la humanidad que se pretende juzgar no constituye, como es bien sabido, un hecho aislado, sino un eslabón más en una interminable cadena de crímenes de todo tipo, violaciones de los más elementales derechos humanos: instalación de una inmensa prisión al aire libre en Gaza con millón y medio de presos, bombardeos de instalaciones de Naciones Unidas, brutal bloqueo humanitario y económico a la franja de Gaza; el repertorio desde la creación, a sangre y fuego, del Estado de Israel, y sobre todo desde la guerra de 1967, es interminable.
La reciente matanza, que no guerra, en Gaza, con una proporción de muertos de cien por el lado palestino (que no de Hamas) y uno por el israelí (eso que algunos apóstoles califican de "proporcionalidad"), ha traído una vez más a primer plano, en plena campaña electoral en Israel (se trata de demostrar cuál de los tres candidatos es más brutal) y de relevo en la Administración norteamericana, la necesidad urgente de encarar seriamente este gravísimo problema. La intransigencia israelí (no pueden dejar de aparecer fuertes ante su domesticada opinión pública) está dificultando, desde el primer día de la tregua, las labores humanitarias y de reconstrucción de los enormes destrozos en la Franja, lo que supone, esa parece ser la idea de algunos, preparar el recrudecimiento del conflicto. La primera reacción del principal actor en la tragedia, el presidente norteamericano de turno, en este caso Obama, abre un limitado margen de esperanza siempre dentro de un cierto escepticismo. Sólo si ese Gobierno se convierte en algo que nunca ha sido, un honrado mediador, un honest broker, habrá alguna esperanza de solución.

