Ha dicho Javier Arenas, ante las primeras expresiones de protesta social en forma de manifestaciones, que la moción de censura ya está en la calle. Si eso significa por su parte, y en nombre de su formación política, en Andalucía y fuera de ella, prisa por llegar al poder, habrá que reconocerle en estos tiempos que corren una cierta valentía personal o, si se prefiere, una ambición temeraria que desborda la frontera de lo racional. Ponerse hoy a gobernar en España es como conducir un autobús repleto de viajeros con fallos continuos en el motor. Cierto es que eso de ponerse al volante siempre seduce a los grandes aficionados al automovilismo, sin excluir a los suicidas. Pero de todos modos la tentación de descalificar a Zapatero forma parte de la necesidad política. Una oposición cuyas cabezas más lúcidas preferirían, incluido Arenas, esperar a que el temporal económico-social-financiero amaine, seguramente sitúa su estrategia política más allá del 2012, o a partir de ese año, aunque el político andaluz pronostique que Zapatero no podrá resistir en el poder hasta entonces. Otra cosa es que el temporal no ofrezca visos de reducirse en mucho tiempo, en cuyo caso las prisas por hacerse con el poder no admiten demoras. A fin de cuentas todo es cuestión de fe y deseos de vencer la incredulidad. Viene al caso la anécdota, real o imaginaria, de aquel párroco incrédulo visitado en su iglesia por unos feligreses alarmados por una prolongada sequía. Los comisionados acudían a pedirle que les dejara sacar en procesión la imagen de una virgen milagrera a través de cuya intercesión esperaban con mucha fe que la lluvia aliviara el desastre que sus campos soportaban. El cura miró por la ventana de la sacristía, escrutó el cielo que se divisaba esplendoroso y comunicó a los comisionados refiriéndose a la imagen milagrera: "Yo dejar, os la dejo, pero esto no tiene pinta de llover".
La verdad es que casi nunca llueve a gusto de todos y que tan perverso es un temporal duradero como un anticiclón excesivo. Del anticiclón desmesurado durante mucho tiempo se han nutrido muchas arcas hasta precisamente provocar el tsunami que padecemos. Lo que hace falta es alguien o algo que produzca el milagro en el que actualmente no hay quien crea. Alguien o algo que sirva para regular el clima y, sobre todo, no haga sufrir las inclemencias a los de siempre.
Probablemente Zapatero, en ese papel que tanto le desborda y con cuyo rigor no contaba en la época no lejana del optimismo irreflexivo, acabará teniendo que cortar cabezas, muchas cabezas, menos, por supuesto, la suya. También a él se le acabó la posibilidad de pintar a su gusto un paisaje político y económico que se estaba degradando y que ahora presenciamos. La dura realidad se ha abierto paso del brazo de las evidencias. Todavía hace pocas fechas le comentaba el presidente a un acreditado economista: "No queréis enteraros. En España sufrimos menos la crisis". Días después le llevó la contraria María Teresa Fernández de la Vega, su vicepresidenta en el Gobierno, tal vez una de las cabezas que rueden si ZP decide aplicar la ejemplaridad de su cirugía política según le convenga a él, que no necesariamente a España. La señora De la Vega tuvo la audacia de confesar ante la última reunión de la comisión de subsecretarios: "No sois conscientes de la situación que atravesamos".
Éstos son al menos los ecos que van llegando sobre la respiración política en las alturas del mundo oficial. Es muy posible que el PP esté vacilando sobre sus pasos próximos. Por ejemplo, en el País Vasco, donde los buenos talantes iniciales tras el resultado electoral autonómico y el intercambio de enhorabuenas van cediendo paso a las cautelas a la hora de los pactos antinacionalistas.

