Lo que faltaba. Estamos inmersos en la "epidemia" económico-financiera-social y de pronto se anuncia con tintes alarmantes una epidemia con visos de pandemia de peste porcina mexicana que resucita, de manera agravada, los ecos de la gripe aviar y nos recuerda el escándalo de las vacas locas británicas, todo ello mezclado para nosotros con la memoria de la ya legendaria "gripe española". Como lo esencial del problema no es el daño a la cabaña porcina, sino el contagio a los humanos, todo se complica. La posibilidad de que se frene, por falta de atractivo español, la inmigración en todos sus aspectos, sobre todo el ilegal, no representa en lo económico tanto como en otros aspectos más delicados. Por ejemplo, la mayor reducción del flujo turístico, ya afectado de antemano por la crisis económica global.
La epidemia-pandemia dispersa y diluye en alguna medida la atención sobre otros asuntos, esencialmente los que integran la crisis política, que encuentra en la peste porcina un rival temático. O sea, que del Ministerio de Economía se salta al Ministerio de Sanidad, y el papel casi estelar de Elena Salgado y José Blanco se eclipsa con el protagonismo de Trinidad Jiménez, al mismo tiempo que Zapatero puede contemplar con mayor alivio, dadas las circunstancias, la expectativa del combate parlamentario próximo sobre el estado de la nación, preferentemente convertido tal vez en el estado de la prevención sanitaria.
El asunto de la pandemia de la peste porcina mexicana promete además "distraer" el interés político que suscitan las elecciones europeas del 7 de junio, ya de por sí atenuado y con expectativas de batir un récord de abstencionismo en las urnas. El Gobierno tratará mientras tanto de vender tranquilidad y ostentación de diligencia ante los requerimientos de la salud. Otro de los debilitados focos de actualidad, ya de por sí amortizado, tiende a ser el primero de mayo, con unos sindicatos más amigos del Gobierno que de la clase trabajadora, que es lo que propenden a ser sin paliativos, ahora con parados para todos los gustos. O disgustos.
La información a tiempo por parte de los posibles afectados cobra importancia en nuestra heterogénea población. En todas las calamidades de este tipo siempre se recomendó ello como indispensable prioridad. Históricamente fue así. Pandemias y pestes han abundado en todas las épocas. La historia está llena de trágicos ejemplos. Con reflejo literario de altura uno recuerda las pestes que describen Boccaccio en el Decamerón y Alessandro Manzoni en Los novios, con Florencia y Milán como centros de propagación. Desde el punto de vista terapéutico cuenta Boccaccio que "de nada valían humanas previsiones ni esfuerzos en la limpieza de la ciudad", y la gente pudiente se refugiaba en sus fincas de recreo para divertirse teniendo como primera ley "burlarse grotescamente de cuanto sucedía en derredor". Por supuesto, la información preventiva brillaba por su ausencia. Eran otros tiempos.
Manzoni cuenta, basándose en documentos del siglo XVII, que en el Milán ocupado por España entonces, "quien en las plazas, en las tiendas, en las casas, dejase escapar una palabra de peligro, quien achacase algo a la peste, era acogido con mofas incrédulas". El caso era que el temor a la cuarentena y al lazareto aguzaba todos los ingenios: no se denunciaban los enfermos, se sobornaba a los sepultureros para no revelar orígenes, y a través de los subalternos de hospital se obtuvieron con dinero falsos certificados de defunción.
Son situaciones hoy impensables. Pero el imperativo de informar con urgencia de casos, de estar alerta sobre posibles episodios de contagio, sigue vigente. Cuando la Organización Mundial de la Salud (OMS) revela que la variedad actual de la gripe porcina A/H1N1 puede ser "incontrolable" e incluso "impredecible" en sus manifestaciones, la evocación de lo que ocurrió hace siglos ilustra al menos sobre la importancia de las precauciones y de la información inmediata sobre los posibles brotes. ¿Exageraciones?

