La avispada y ambiciosa Carme Chacón ha cometido un error. He aquí cómo un error de vestuario puede convertirse en un traspié político. Acudir con toda su parafernalia de ministra de Defensa a la ceremonia de la Pascua Militar con atuendo inapropiado, un masculinizante smoking ajeno al protocolo que todas las altas damas allí presentes, empezando por la reina, respetaban en sus más estrictos detalles, ha logrado elevarla a una cota de notoriedad mal calculada. Con el cabello estirado y un exceso de pintura en el óvalo del rostro, la ministra daba una imagen insólita. ¿Era ella? Pues sí, era ella. Debieron ser bastantes los invitados -periodistas excluidos esta vez- que experimentaran el sabor de la sorpresa. Naturalmente, esos son asombros que no se exteriorizan. Los comentarios más suculentos quedaban relegados a los cuarteles y a los círculos de la alta oficialidad. Seguramente. Una paletada es una paletada siempre, cométala Clitemestra o Ifigenia.
Cada vez es más acusada la impresión de que la señora ministra cuida, como queda insinuado, una cierta concepción del marketing. Su marido Miguel Barroso, hombre de confianza de Zapatero, ha sido secretario de estado de Comunicación, pero no debía entrar en el campo de sus costumbres asesorar a doña Carme sobre las ventajas de "venderse" bien en las pasarelas de la alta política. Y es que la Chacón es mucha Chacón. La publicidad debe fascinarla. Ya lo demostró en su primer viaje a Afganistán, donde se hizo acompañar por la directora de la revista femenina Yo Dona, precisamente la primera mujer de Miguel Sebastián, que aseguraba la resonancia de aquel periplo de la ministra gloriosamente embarazada al peligroso escenario bélico donde Zapatero, el político que tanto abominó de nuestras aventuras militares, ha embarcado a España para lo restante del mandato de Bush y para lo que promete mandar Obama si no lo quitan de la circulación, algo demasiado improbable dadas las inclinaciones del presidente de color a servir los aspectos esenciales de la política general norteamericana en el capítulo de las altas sensibilidades demostradas, las intocables.
De Carme Chacón se puede decir mucho, menos que pase inadvertida. En algunos ambientes suena como hipotética presidenta del Gobierno, sobre todo si se produjera la más que inverosímil decisión de Zapatero en el sentido de renunciar a un tercer mandato en la Moncloa. La verdad es que no se concibe esa actitud del actual presidente, y menos cuando los profetas políticos le auguran progresos ininterrumpidos en su carrera política, tan mediocre como exenta de descalabros a la vista. Los descalabros, eso sí, para los españoles, pero sin que los sondeos tiendan a pasarle factura a quien deberían pasárselo.
Se asimila con dificultad la teoría de que la ministra de Defensa, aunque no parezca llamada a regir los destinos de un país, España, al que procura no mencionar en sus comparecencias políticas, vaya a dejar de rentabilizar su actual cartel. Pero Cataluña... Cataluña es otra cosa. Sobre todo si José Montilla, titular de la Generalitat, sigue entorpeciendo con sus relativas discrepancias con Zapatero -relativas, pero reales- una línea política que desde Madrid presenta modalidades y hechuras no del todo armonizadas con los reflejos condicionados del emigrante de Iznájar.
¿Carme Chacón en el Palau de la Generalitat? Se propaga el rumor de que Zapatero, íntimo amigo del actual marido de la ministra, vería con esos ojos enarcados que tanto le definen físicamente, un bello panorama político con la Chacón en el sillón del cordobés, a fin de cuentas aprendiz de catalán en el sentido idiomático y en el otro.

