ETA no ha perdido la oportunidad de su "primer cincuentenario" para lanzar el correspondiente mensaje comunicativo o anticipador de que en sus cálculos no entra bajar la guardia, lo cual, como cabe comprender, significa que por atentados y asesinatos no va a quedar. Como suele acontecer con toda organización que estima su fuerza o su peso en función de su grado de capacidad para la violencia, la banda terrorista viene a decir, aunque con otros términos, que "está como nunca", igual que antiguamente una bebida famosa. La verdad es que necesita proclamarlo después de los golpes recibidos por vía policial y judicial, sin olvidar que, en su contexto independista, se ha ido quedando en creciente soledad o aislamiento. Sus propios atentados del 2008 contra la Guardia Civil y contra el empresariado vasco tienden a convertir las elecciones autonómicas del 1 de marzo, cuando tenga que emplear sus "franquicias" frente a partidos y nacionalismos concurrentes, en la auténtica prueba del nueve sobre su verdadero nivel de cotización.
Es verdad que la banda está como nunca, pero tal vez en uno de los sentidos menos halagüeños. O sea, que se encuentra más debilitada y con menos recursos -sobre todo humanos- que en etapas ya superadas por el tiempo. Ahora bien, otorga como organización un favor de aviso a los gobernantes cuando les recuerda que "hoy, como hace 50 años, dicen (aquellos) que ETA está a punto de terminar". La banda no tiene capacidad de ironía, pero sí de sarcasmo. Y no deja de ser sarcástico ese "memorando" de su trayectoria que niega dotes proféticas a los poderes del Estado.
A finales del 2008, tras la captura de 'Thierry' y 'Txeroki', cada cual en su momento, se habló de la fractura de ETA, la dispersión de sus archivos y el errático curso de su "tesorería".
En los análisis entraba también la conjetura de una creciente disidencia entre sus miembros. Algo que el observador común tiende a relacionar con la crisis de ánimo de su población reclusa. La organización terrorista intenta infundirse estímulos cuando señala en su comunicado que "quien anda en la montaña sabe que en el camino hacia la cima la última cuesta es la más dura". Ese estilo metafórico, algo literario y desde luego inusual en el lenguaje etarra, ofrece indicios de que la moral anda baja, por mucho que esa literatura se adobe con apelaciones a una lucha que "la Historia (con mayúsculas) llenará de honor".
Dentro del estilo anómalo que el comunicado utiliza llama la atención, como si el cincuentenario de la banda equivaliese a una especie de "fiesta nacional", "el recuerdo más sentido" que se dedica a los miembros militantes que han perdido la vida o están encarcelados o exiliados. Interesante referencia que parece denotar un cierto sentimentalismo no exento de alguna desmoralización.
ETA reivindica para sí, como si se hallase sola en el campo de batalla, el mérito de haber cambiado la historia del conflicto vasco en un sentido nacional y social, lo que ella misma denomina el nacimiento del "abertzalismo moderno". Al mismo tiempo trata de desalentar las ilusiones de los "nacionalistas conservadores", que se limitaban -dice el comunicado literalmente- "a esperar la ayuda de EEUU". Una alusión diáfana a quienes hasta hace relativamente poco tiempo fueron sus compañeros de viaje desde el movimiento que dirige el PNV.
A quienes comulgan con esa mentalidad les advierte que ETA no perdonará otra traición como la que, según ella, representó la operación del posfranquismo. Es decir, no la perdonará en cualquier reedición que se intente. Y, aparte de reclamar unidad en la lucha contra "los Estados" (español y francés), recuerda que el objetivo de la banda, en su día y en su tiempo "no era vencer al franquismo". Algo ya demasiado sabido.

