En el fondo de la gravedad de la situación económico-financiera y de las crisis internas de los partidos atrapados en sus "irregularidades", late lo que en España ha sido "rica" tradición, reflejada en la narrativa de nuestros mejores clásicos: la picaresca. Nuestros pícaros han quedado reeditados con sus viejas hazañas actualizadas. Reeditados no en papel, que también, sino especialmente en la alta vida política debidamente analizada. El Buscón de Quevedo era un desgraciado al lado de algunos de nuestros políticos. ¿Qué habría escrito Don Francisco en nuestros días? ¿Qué habría podido idear Cervantes con estos Monipodios? ¿Qué ridículo no habría sentido ante estos "exemplos" el Lazarillo de Tormes? La relación sería interminable.
Un rancio lenguaje se está actualizando. A propósito de la arbitraria distribución de los dineros estatales para las comunidades autónomas, contra cuyas desigualdades nadie desde los partidos se atreve a batirse pese a la existencia de un Consejo de Política Fiscal y Financiera, ahí tenemos refrescada la sentencia de Woody Allen: "Coge el dinero y corre". O sea, no te quejes y aprovecha lo que te toque, no sea que lo pierdas, imbécil.
En España, en otros tiempos radiofónicos, un programa de éxito se llamaba Lo toma o lo deja. Aquí no hay ya quien deje nada, no sea que... Lo que no cesa es la crítica, extendida a toda la sociedad y no sólo al patio de vecindad de los partidos y de las agresivas tertulias de todo orden o desorden. Un tal Bárcenas parece de momento condenado, como dicen los gallegos, "a cargar con los hachones". Pero Bárcenas se defiende. Se defiende como Camps, lógicamente. Bárcenas, sobre todo, es "el hombre que sabía demasiado", dicho sea, en cuanto ejemplo creativo, en honor de Alfred Hitchcock.
Este hombre que sabe demasiado tiene atrapados a bastantes personajes del PP por donde más les duele. Poco a poco van atreviéndose a lanzarle piedras algunos lapidadores del partido, no siempre los que más interesados están en que pase la tormenta. La sorpresa, a favor de Bárcenas, la ha dado Francisco Álvarez-Cascos, ex secretario general del PP, y nada menos que ex ministro de Fomento, el departamento presupuestariamente mejor dotado de todo el Gobierno. ¿Qué no sabrá Cascos de Bárcenas? Seguro que conoce todos los recovecos del Tesoro del tesorero, y los ve limpios como los chorros del oro. Quien ve perfectamente limpia su morada política es Esperanza Aguirre, que pide "de rodillas" a Bárcenas que hable, que diga lo que tenga que decir si es que puede decir algo. Probablemente ignora quién pagó, por ejemplo, al famoso Tamayo.
Poco a poco, mientras dura el temporal, otros casos se van olvidando. O se va relativizando su importancia. Porque lo de Bárcenas, piensan sobre todo desde el PSOE y su Gobierno, demanda a gritos la lupa reveladora.
De todos modos, una sensación de parálisis es la que transmite el personal político mejor situado en la España central y también en la taifal. Ahí tenemos a los nuevos mandamases de Euskadi. Patxi López y Basagoiti, inhibidos ante la peligrosa tentación de arrebatarle al PNV el control de la autonomía de Álava. Ni uno ni otro parecen en condiciones de hincarle el diente a tan suculento pastel vasco. En último término prefieren que el futuro de ese enclave, perfectamente arrebatable a los nacionalistas de Urkullu, lo decidan mano a mano, como buenos cómplices que son para algunos problemas, entre insulto e insulto, dos señores llamados Zapatero y Rajoy. Son ellos los que, uno más que el otro, por supuesto, están en condiciones de cortar, como Alejandro, el nudo gordiano. En realidad, todo es comerciable. Ambos vienen a ser en este drama Anás y Caifás. ¿Y Pilato, dónde está Pilato? Pilato debe ser el Destino, si es que no resulta ser el PNV.
Ahora, el reparto de los dineros que mueven las riendas de la política en su conjunto constituyen el factor esencial de la crisis que Zapatero, diabólicamente aconsejado, administra. Ya le llegará su hora. Pero, por el momento, todo tiende a indicar que la hora, esa hora, se toma su tiempo.

