Pedro Altares, periodista de toda la vida, se ha despedido de ella con un excelente artículo póstumo en El País. Un artículo que rezuma desencanto y escepticismo sobre lo que vino después de la muerte de Franco. El que fuera director de la revista Cuadernos para el Diálogo se ha ido a dialogar con las estrellas. A uno, que anduvo algún tiempo, poco, por las cercanías de aquel invento periodístico, la muerte de Altares le recuerda que, ¡vaya casualidad!, por poco se muere el mismo día que Ruiz-Giménez, el inventor. La verdad es que muchos nos estamos quedando solos, generacionalmente solos, mientras gente nueva, normalmente caracterizada por su capacidad de olvido y su pretensión de saberlo todo, incluso lo que ocurrió en aquellos tiempos en que o no habían nacido o estaban recibiendo, si la recibían, la primera comunión, soplan sobre el tablero de la actualidad por si ha quedado alguno brizna de lo que había. Y todo esto para sustituir unas briznas por otras bastante parecidas, siempre en un marco pretendidamente distinto.
En su artículo, haciendo comentario de última hora (sobre todo la última suya) en torno al aniversario de la Constitución que enmarca su necrológica, a Pedro Altares se le escapa toda una sentencia definitiva: "Fue bonito mientras duró". Es decir, que, como decían los franquistas durante la Guerra Civil, "se acabó el carbón". Este carbón de ahora es de otra estirpe, y además cada vez sirve menos para aliviar la crisis del combustible. De todos modos, cuidado con tomarse a broma la tremenda realidad que Altares despide, mientras él mismo se despide. Cuando la guerra española todavía no había terminado, en un pueblo llamado Ronda se le acabó efectivamente el carbón a un carbonero de los de entonces. Y el hombre, sin pensar en que el humor estaba en crisis mientras saltaban las balas y los cañonazos, tuvo la ocurrencia de poner un letrero en el que avisaba exactamente de aquello: que se había acabado el carbón y además era el "II Año Triunfal". Fue una aclaración peligrosa. No le comprendieron en su afán triunfalista. Creyeron que se estaba tomando a cachondeo la triste circunstancia de que escaseara el carbón o simplemente se agotara en aquellos tiempos de "triunfo", hornilla y brasero. Al pobre hombre se le cayó el pelo. Habían leído su mensaje al pie de la letra.
En nuestros días, ya en otro siglo no tan diferente de aquel en materia de desventuras planetarias, España ha sustituido en parte el carbón por feísimos molinos de viento que no le servirían a Don Quijote para repetir su aventura. Y ahora viene Bono, en el trigésimo primer aniversario de la Constitución, y dice que "hay que respetar al árbitro", entendiendo por árbitro, según sus palabras, el Tribunal Constitucional. Peligrosa referencia, algo parecida a la del carbonero de Ronda. Porque se da la circunstancia de que el árbitro no pita. Lleva tres años dirigiendo un partido sin que se le haya ocurrido ni una sola vez soplar el silbato. Naturalmente, el presidente de la Generalitat, que permanece con su equipo en orsay sin que le piten la falta mientras se cobra ventaja en el marcador del tiempo, ha tenido que aducir que también él (o los suyos, el entorno que amablemente le secuestra) pide respeto por los árbitros. ¿Más todavía? Se agota el tiempo, gana Montilla ilegalmente el partido y encima se cachondea con mejor suerte que el carbonero rondeño.
Una parte de la afición, teóricamente la más selecta, prefirió perderse la "jugada" ceremonial de las Cortes. Nada de celebrarla. Los llamados "barones", convertidos en presidentes de las comunidades autónomas en manos del PP, no quisieron saber nada del aniversario número 31, de modo que hicieron "novillos" para no verle la cara al árbitro, una tal María Emilia Casas. Toda una falta de respeto según el criterio de José Bono.
Pedro Altares no ha querido morirse del todo sin decir a su manera que se acabó el carbón. Otros dirían "se acabó lo que se daba". Lo que se habría reído mi amigo Eduardo Barrenechea, que en paz descansa desde hace tiempo, y fue redactor-jefe de Cuadernos en su última etapa, la de Altares como director precisamente. Bien conocía él la calidad del percal que se vendía. Demasiado azúcar para tan poco café. Quizá por eso se lo llevó la diabetes que jamás cuidó. Ahora es el tiempo que todo lo mata, aunque algunos digan que todo lo cura, quien se encarga de poner, eso sí, las cosas en su sitio. Jamás se habrá conocido en los países que despiertan a la democracia una Constitución menos alabada que la vigente sin vigencia. Que se lo cuenten a los nacionalistas catalanes. Están encantados con el árbitro. Montilla, el de Iznájar (Córdoba), sabe lo que dice. Y además le pagan las clases intensivas de catalán.

