De entre lo peor que a Zapatero podría ocurrirle, en medio de la borrasca política-económico-social que le zarandea, empiezan a sobresalir las habituales sesiones de control parlamentario que se celebran en el Congreso de los Diputados. Lo que en tiempos menos adversos podía asemejarse a debates de trámite y fugaces intercambios de intervenciones, en la nueva coyuntura son o tienden a ser refriegas dialécticas cuerpo a cuerpo, con sarcasmos crueles como proyectiles. Zapatero, que ya viene últimamente tocado por los despectivos comentarios que le dedicó Sarkozy respecto a su escaso relieve político personal, trata de aferrarse a lo que puede y defenderse de las puñaladas parlamentarias con otras de su propia cosecha. A Erkoreka, el portavoz del PNV, le ha calificado de "tontorrón", al menos según se deduce de una "tontorrona" crítica que el diputado vasco según ZP le había dirigido. Las ironías y burlas que le llueven son muchas veces facilitadas por los pintorescos argumentos que Zapatero expresa en abstracto, por ejemplo la catalogación de sus últimos cambios ministeriales como "cambio de ritmo", que Rosa Díez definió como seguir equivocándose con mayor rapidez. Nada se diga del chufleo que se ha dedicado al nombramiento de Manuel Chaves como vicepresidente tercero del Gobierno, definido como un "florero" que en vez de cartera ministerial tiene un simple monedero. Se ve que la suerte de la ex ministra "Maleni" halla continuación.
La verdad es que la situación no está para divertimentos, y que por debajo de los ejercicios de ingenio, no siempre afortunados, lo que existe es un apesadumbrado mal vinagre. El informe del Fondo Monetario Internacional, aunque algunos intérpretes mediáticos intentan dulcificarlo, emite pronósticos sombríos. La media de calidad que se deduce de los parlamentos del presidente es cada vez más baja, a tono con la cotización política de su Gobierno, que "avanza" en caída libre. Y de repente, la noticia de que, según informa el presidente de Seat, se adjudicará la fabricación del Audi Q3 a la factoría de Martorell, se recibe como un gran éxito que de paso realza la figura política del ministro de Industria, Miguel Sebastián, quien ha trabajado o gestionado el asunto, aunque, naturalmente, Zapatero toma asiento en el vehículo del mismo modo que, cuando la oportunidad se ha presentado, ha intentado esgrimir la raqueta de Rafa Nadal o subirse a las bicicletas de nuestros campeones de la ruta. Téngase en cuenta que el deporte ya es cosa de la Presidencia del Gobierno.
Para el pim-pam-pum de la batalla política, Zapatero ya no cuenta con el escudo de Solbes, desaparecido en combate al igual que Magdalena Álvarez. Desde las profundidades del socialismo militante asciende un sordo rumor de decepciones que a veces encuentra cauces perfectamente perceptibles y apellidados. Más a las claras, ahí está lo manifestado por el ex ministro Jordi Sevilla en relación con la licitud del debate sobre las pensiones.
Nada se descubre al decir que el PP de Rajoy atraviesa una etapa de euforia. Acosado por la dura realidad, Zapatero tiene que medir simultáneamente el significado que encierran las elecciones europeas del 7 de junio. Y Rajoy, mientras tanto, abrillanta sus armas dialécticas y las afila en las oportunidades parlamentarias que se le van ofreciendo. En este sentido, las sesiones de control representan un obsequio del destino. Zapatero se va quedando desarmado, a merced de los vientos que parecen empujarle hacia un naufragio electoral. Al menos eso es lo que en Génova 13 se adivina. Los "genoveses" no necesitan cambiar de ritmo, como dice Zapatero para justificar la extraña remodelación de su equipo ministerial. El éxito se les viene encima. En el tono y en la forma que Mariano Rajoy emplea para desenvolverse en la lucha parlamentaria está resonando la optimista exclamación "ésta es la mía". No es que su gestión como líder de la oposición haya sido una maravilla, pero los regalos de la suerte son lo que son.

