Es normal que la Iglesia sea noticia en toda época, a poco que sus gestos o iniciativas afecten a la sensibilidad de creyentes, menos creyentes, indiferentes o incluso incrédulos. Una temática religiosa llevada, por ejemplo, al cine, sea la Pasión de Cristo o la lapidación de Hipatia (la pagana virtuosa martirizada por cristianos no tan virtuosos), o bien una designación episcopal como la de José Ignacio Munilla para la diócesis guipuzcoana contra el gusto o la opinión del clero nacionalista, sin olvidar cualquier beatificación resonante, sea o pueden ser objeto de polémica. Y en este periodo navideño, en el que la diversión paganizante se superpone muchas veces a lo que la Iglesia denomina litúrgicamente piadoso tiempo de Adviento, no dejan de llamar la atención ciertos apasionamientos desatados al conjunto de la pura (o impura) política. El 'caso Munilla' promete conocer repercusiones abundantes conforme el tiempo de su consagración se acerque en el calendario.
Reflejar lo que de Munilla se está diciendo y escribiendo puede situar al citado prelado en la más impresentable indefensión. Los nacionalistas vascos han movilizado a un teólogo franciscano para crear una leyenda que el propio "lanzador" confiesa no estar seguro de que sea "correcto" hacerla pública. Pero la lanza porque, según argumenta, "no hay Iglesia donde hay tramas ni donde hay miedo". El franciscano no aclara si él mismo participa en alguna trama o se atribuye justamente la virtud de la valentía.
En esto, salta a la palestra de la opinión el consejero de Interior del Gobierno vasco, Rodolfo Ares, socialista, y, a propósito de pecados eclesiales, recuerda que "algunos responsables" de la Iglesia católica vasca fueron en el pasado (¿y ya nunca en el presente?) "muy comprensivos con el mundo que ampara y justifica la violencia".
El asunto, desde luego, promete en estos tiempos de "culebrones" abundancia de anillos. Ya veremos lo que da de sí, y en qué amplitud de sentidos, el rodaje de una serie televisiva de dos capítulos sobre el cardenal Tarancón, bajo el rótulo o título ¡Tarancón, el quinto mandamiento! Es su etapa en la transición política española la que se somete a examen. ¿Con qué signo o intención? El tiempo lo dirá.
La cuestión es que la temática religiosa o eclesial parece que tiende a competir con las historias "en rosa" o las polémicas futboleras. Ahora tenemos a la vista otro asunto prometedor: la beatificación "madrugadora" de Juan Pablo II, en cuya empresa coloca todo su peso su antiguo amigo, cardenal y hoy Papa, Joseph Ratzinger, bajo el nombre de Benedicto XVI.
Como en el caso de monseñor Escrivá de Balaguer, pero no de la Madre Teresa de Calcuta, empieza a discutirse si debe o no cumplirse para Juan Pablo II el plazo clásico de cinco años entre su fallecimiento y su beatificación, con milagro incluido, cuya beneficiaria sería esta vez una religiosa francesa, mediante curación milagrosa reconocida a nivel diocesano.
La ceremonia parece prevista para octubre del año entrante, en el que se cumple el aniversario de su elección como pontífice. Las "virtudes heroicas" del papa Wojtyla abren el proceso correspondiente.
La figura histórica a todas luces de Juan Pablo II, sucesor de Juan Pablo I, muerto en circunstancias enigmáticas, no admite dudas en cuanto a su significación en la vida de la Iglesia católica, sin olvidar su propia dimensión personal en el desarrollo de la política internacional con la caída del comunismo, que tanta relación guardó con la trayectoria pontificia de Wojtyla. El atentado que sufrió a manos del sicario turco Alí Agca marcó elocuentemente su biografía.
Otros pontífices preclaros aguardan su turno. Se prepara la elevación de Pío XII a los altares, pero su beatificación sería todavía más polémica que la designación de Munilla como obispo de San Sebastián. Y, mientras tanto, ¿quién no se acuerda de Juan XXIII? Es evidente que no lo hacen quienes deberían hacerlo. Misterios de la Curia.

