Para los que vivimos profesionalmente la última década del franquismo, la pretransición y la transición propiamente entendida, Manuel Cantarero del Castillo, que acaba de fallecer en Madrid a los ochenta y dos años de edad, fue uno de esos políticos que a los no franquistas jamás nos trató como enemigos y ni siquiera como gente incómoda. Él mismo, por razones biológicas, estaba ya en su madurez más cerca de la España que venía que de la España que se iba con el general Franco. Llegada la democracia, su encaje en la nueva etapa política fue más un encuentro natural que una necesaria adaptación, que para tantos hombres públicos, no para él, resultó ser un asombroso ejercicio de oportunismo, de habilidad casi circense.
De Cantarero sabíamos con razonable certeza lo que pensaba y no lo que disimulaba. Hubo entre los que no cambiaron de camisa, por supuesto, ejemplos de honradez y limpieza de trayectoria personal. No hace falta dar nombres. Cantarero no necesitó especiales estímulos para decir adiós al pasado, a su pasado. Asumió el riesgo de ser mal recibido, pero disfrutaba de una ventaja: gran parte de los que podían decidir sobre su futuro habían estado expectantes hasta última hora antes de compartir con los demócratas del exilio interior y exterior las ofertas del nuevo presente. Estaban, por tanto, en la imperiosa necesidad de someterse a una operación de estética política y no de pasar factura a quienes, viniendo del mismo ayer, se hallaban en mejores condiciones de merecer la vitola de demócrata, sin cirugía de urgencia.
En el periodismo había ocurrido casi tres cuartos de lo mismo. Cantarero, que también tuvo su etapa de periodista, podía dar fe de ciertos ejemplos de equilibrismo que él no tuvo que practicar. Cuando murió Franco pudo leer como todos, pero no escribir, aquello de "¡oh general, mi general!" que Walt Withman dedicara a uno de los héroes de la Guerra de Secesión. La verdad es que el pensamiento editorial de la Transición pactada necesitó hábiles dialécticos de la pluma, o del teclado, para que a España le llegase el milagro de la transfiguración. Milagro tanto mayor cuanto que los embellecedores habituales habían practicado consigo mismos la técnica necesaria.
Cuando el franquismo ideó, sin ninguna fortuna como es lógico, la aventura del asociacionismo político, que era la fórmula del partidismo sin partidos, Cantarero se atrevió con su "Reforma Social Española" a repartir por las calles miles de octavillas en las que se declaraba republicano. Recuerdo que envié a mi entonces periódico Informaciones una crónica ilustrativa de esa novedad, que salió impresa con este titular: "Manuel Cantarero se declara republicano en Madrid".
España ya era, bajo la dictadura, una antesala de la monarquía. La Ley Orgánica del Estado conformaba a nuestro país como una monarquía sin rey, pero con su Consejo del Reino que presidía el titular de las Cortes de la época. De todos modos, una monarquía sui generis.
Proclamarse republicano en aquel momento era como mínimo un ejercicio de imprudente heterodoxia política, por más que Franco buscara en realidad la ruina de la institución descoronada. Manuel Cantarero, en tales circunstancias, venía a proponer al franquismo que intentara un ejercicio de sinceridad y se declarase, a sí mismo, republicano con otro nombre. Ya lo tenía. Era el propio franquismo autodenominado Movimiento Nacional. Un republicanismo "nasseriano" podría haber sido un concepto más idóneo, una marca más ajustada a la realidad.
El caso es que Cantarero demostró como mínimo no ser monárquico, ni para entonces ni para después. De seguro, aunque todo quedara en aparente hipótesis, redujo su bagaje de posibilidades personales, aunque sospechase que el futuro Rey iba a jurar los principios fundamentales del Movimiento.

