Hoy, empiezan las Fiestas del Orgullo Gay. Como todos los años, vuelven al comienzo del verano. Y, hoy, Boris Izaguirre y La Terremoto de Alcorcón darán el pistoletazo de salida.
Pero, extrañamente a lo sucedido en otros años, algo ha empezado a cambiar en ese movimiento que es digno de ser señalado y comentado.
De entrada, ya no es la celebración del Día del Orgullo Gay, ahora son las Fiestas del Orgullo. La palabra Gay ha empezado a desaparecer. No del todo. Levemente. Pero no siempre se menciona ya cuando se habla de ellas.
Ya no es, tampoco, la conmemoración del Día de la reivindicación de una opción sexual concreta en medio de un desmadre de ‘locas’ y un mariconeo desmedido, sino que son unas Fiestas cuyo objetivo es mostrar "el valor de la diversidad", en palabras de sus organizadores. Fiestas en las que "Aprender que todas las personas venimos de diferentes familias, pero que siendo diferentes, todas las personas somos iguales", en un claro intento de imponer la seriedad en un movimiento alborotado de plumas que tan flaco favor hacía a los homosexuales.
Y es entendible que así sea porque, tras las dos legislaturas de Zapatero, los homosexuales son ciudadanos con todos sus derechos reconocidos, potenciados y, si se me fuerza, objetos de discriminación positiva respecto a los heterosexuales. Es más, hace unos días el Matrimonio entre personas del mismo sexo ha sido reconocido ya por la Real Academia Española, hecho que, por cierto, ha pillado a la organización de Las Fiestas del Orgullo con el paso cambiado porque este año las fiestas se celebran bajo el lema ‘Igualdad sin recortes’ y ya hay igualdad total.
Ha cambiado tanto la filosofía de la celebración que el lobby gay se ha apresurado a decir que ‘Las Fiestas del Orgullo 2012’ dejarán en Madrid unos beneficios estimados de unos 110 millones de euros, participarán más de un millón de personas y atraerá a más de 300.000 turistas. Ya no es, por tanto, una celebración reivindicativa sino un acto turístico. Por supuesto, habrá desmadre pero como espectáculo. Serán una especie de sanfermines madrileños por aquello de que también se vivirán en la calle.
Y hay que reconocer que estos pasos son esenciales para su perduración en el tiempo. Seguir como estaban ya no tenía sentido. Terminarían siendo un esperpento y desapareciendo.
Me encantaría que estas Fiestas fuesen las Fiestas de Verano de Madrid en contraposición, por modernidad, vitalidad y rentabilidad, a otras que huelen a naftalina.
Es más, espero que ya al año que viene sean definitiva y simplemente las Fiestas del Orgullo. Y que, con el paso de los años, a ese Orgullo cada uno le ponga el apellido que quiera.
Lo demás, será sectario y obsoleto.
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