Al fútbol, al juego, se les buscan continuamente teorías sobre táctica y estrategia como si el inventor hubiera sido Von Clausewitz. En cada época surge un entrenador que trae al mundo un nuevo sistema, y de ahí a las variantes no caben más que un par de nuevos filósofos del borceguí. Todos los planes creados por los entrenadores se van al garete si en el equipo no hay intérpretes que den el do de pecho.
El fútbol lo juegan once y han de ser solidarios entre ellos, deben ayudarse y cubrirse en los errores, pero lo que finalmente prima es la condición individual, la capacidad de improvisación, la genialidad.
Hay que dar por supuesto que Javier Aguirre pensó en el modo de parar al Barcelona. Se debe suponer que Pep Guardiola dio instrucciones de cómo derrotar al Atlético. Todas las charlas, todos los consejos fueron nadería cuando salió al campo un tal Lionel Messi y se dedicó a romper moldes.
El Real Madrid era sólo un equipo más hasta que en 1953 fichó a Alfredo di Stéfano y fue campeón de Europa. El Barcelona recuperó categoría cuando tuvo en sus filas a Kubala y ganó las famosas cinco copas.
El Barça encontró en Ronaldinho la gloria del corral. Pero éste fue ave de paso, pájaro que no supo hacer nido, y cuando dejó de cobijar no hubo pollada.
Ahora ha surgido Messi, libre de ataduras. Sin Ronaldinho a quien cumplimentar. Sin otra obligación que inventar sobre la marcha para él y sus compañeros, y de ahí que para el equipo, cuando encuentra la inspiración, la victoria es prácticamente segura.
El Vicente Calderón se llenó para el partido de Copa. Los atléticos vieron perder a su equipo y, sin embargo, supieron mostrar su admiración por quien les había derrotado. Recibió auténtica ovación de gala al retirarse. Messi es jugador a quien pueden acabar apadrinando todas las aficiones. Simplemente porque deleita a todos. No sólo a los suyos.

