En el fútbol actual se ha impuesto el filibusterismo. Algunos clubes, y ciertos representantes, se dedican a instigar a los grandes jugadores para que se declaren en rebeldía si el club que posee sus derechos federativos no acepta el traspaso.
No es de recibo lo que está sucediendo. Hace unos años los casos eran contados. Ahora es el asunto de cada día. La táctica, en muchas ocasiones, es rentable y solamente se frustra la operación si el club atacado se defiende hasta las últimas consecuencias, pero entonces ya sabe que cuenta con un futbolista descontento.
Los manipuladores del mercado son los primeros en hacer correr la especie de que determinado jugador quiere salir del club o tiene una oferta para hacerlo. Los medios afines, los turiferarios de turno, animan a la rebelión cuando, naturalmente, se trata del club al que consideran adversario.
La política informativa es totalmente distinta cuando el afectado es el club por el que se tienen toda clase de simpatías, que muchas veces son ventajas que no siempre son declarables. Los intermediarios compran espacios con el ofrecimiento de una exclusiva.
Lo peor del caso es el anuncio de una propuesta de fichaje que no existe. El representante suelta, en cuchicheo, en un por favor no digas que te lo he dicho yo, el deseo de un club por un jugador. Suele ser falso, mas ello pone en funcionamiento el mercado.
Lo indignante es que clubes tenidos por escrupulosos se dedican a operaciones detestables para lograr su objetivo: fichar a un jugador, y lo más barato posible, después de que éste haya mostrado públicamente sus inclinaciones.
A los jugadores se les convence fácilmente con el aumento de los salarios y sus representantes se llevan el alto porcentaje de la operación. Hay alguno al que, junto al mal olor de sus maniobras, le huelen los sobacos.

