El Real Madrid no esperaba que se perdiera el partido de Sevilla y, tras el mismo, Jorge Valdano y Miguel Pardeza bajaron al vestuario a pedir explicaciones al entrenador. A Casillas lo dejaron vendido sus compañeros en varias ocasiones, especialmente en las jugadas a balón parado, y le exigió concentración a Guti, despistado en el marcaje.
Cuando en un equipo grande suceden estos problemas suelen ser presagio de tormenta. Es pronto para que el entrenador, que ha de componer la alineación con no pocas exigencias, esté en la picota. Muchos madridistas creen que debe comenzar a dejar patente su autoridad y sentar a Raúl.
Todos los galácticos deben jugar porque el club ha hecho gran inversión en ellos. Sobra en este caso Raúl y es posible que, dado el predicamento que tiene en el vestuario, no se atreva a dejarle en el banquillo.
Es pronto para que Pellegrini cree espíritu defensivo porque, además, si lo hace, le dirán que ello es propio de equipos pequeños. Hay conciencia generalizada de que no importa que te marquen goles si el contrario recibe más. La mejor defensa no siempre es el mejor ataque.
Casillas se queja de desamparo. El portero es protagonista principal en cada jornada. En Sevilla hizo paradas de las que han de constar en cualquier historial fantástico. Con razón se quejó, y lo hizo tal vez con quien más confianza tiene y éste le soltó una fresca.
Lo que ocurre en la intendencia del club no es nada favorable a Pellegrini. Bajar al vestuario tras la derrota a comentar las incidencias desfavorables es comenzar a ponerlo a los pies de los caballos. Malo para el Madrid.
Si dos jugadores de la casa, Casillas y Guti, quienes han de ser imagen para los foráneos, discuten en el césped es síntoma de desconfianza. Cuando entre los futbolistas se abren heridas es difícil cerrarlas y suelen tener funestas consecuencias. Malo para el Madrid.

