Lo mejor del deporte español es la frecuencia con que se producen hechos que minusvaloran la Liga, y hasta las historias del Real Madrid, club que siempre tiene algo con que remover el polvo para cegar a los demás.
Ayer tampoco importaba el Barça, ni siquiera cuando Zigic le marcó el primer gol de la tarde. Todas las sorpresas del campeonato liguero eran pura filfa. ¿Había algo más importante que el hecho de que por primera vez un español, Rafa Nadal, ganara el Open de Australia, primer concurso del Gran Slam de la temporada?
Nadal ha superado todas las expectativas del tenis español. Ha ido mucho más allá de la gloria de Roland Garros, Wimbledon y el oro olímpico de Pekín. Vencer en Australia había sido casi un sueño. Tres españoles lo intentaron y no pudieron lograr el triunfo. No lo consiguieron Gisbert, Gimeno y Moyá. Nadal tenía enfrente a quien ha sido número uno en los últimos años y ahora, además de arrebatarle tal posición, le ha vencido en los grandes torneos en que se han enfrentado.
Roger Federar debe de pensar que ver delante a Nadal es auténtica maldición. Le obliga a llegar al quinto set, pero en ello lleva su castigo. La quinta manga contra el mallorquín únicamente proporciona cansancio físico y psíquico. Asegura la derrota y dura penitencia.
El suizo, ganador de trece finales de Gran Slam, quería igualar a Pete Sampras. Nadal se lo impidió. Las lágrimas del campeón suizo no debieron ser sólo por la derrota. Probablemente influyó la frustración, la sensación de que el adversario a quien admira es su maldición.
Nadal es más que un número uno. Encarna más valores que los estrictamente deportivos. Es ejemplar en su espíritu de lucha. Es modelo en la deportividad con que se mueve en cada partido. Cualquier adjetivo no es exageración. Toda admiración empieza a quedar chica. Rafa está por encima de todos los deportistas españoles. Y los tenistas de todo el mundo.

