Josep Guardiola no quería marcharse del Barcelona a pesar de los cantos de sirena que le llegaban de Inglaterra. Joan Laporta no deseaba terminar su mandato sin dejar al entrenador de las seis copas con el contrato prolongado. Era natural que ambos se dieran el sí. Y así ha sido.
En el fútbol no hay personal más perecedero que el del entrenador. Al técnico se le puede cambiar sin necesidad de encontrar demasiados argumentos que justifiquen el despido. Un entrenador que triunfa es tan valioso que todo presidente que se precie tiene que asegurar la prolongación del contrato.
Nunca jamás en la historia del fútbol internacional se había dado un éxito como el barcelonista. El director del equipo que ha conquistado seis copas no podía ser personal prescindible. Si Laporta no hubiera convencido a Guardiola se habría marchado del Camp Nou como individuo perseguible de oficio.
La obligación del presidente cuyo mandato acaba pronto era dejar asegurado a su sucesor el porvenir del entrenador. Las elecciones no podían celebrarse sin la incógnita despejada. Los socios, los aficionados, los catalanes con alguna simpatía hacia el club azulgrana reclamaban el acuerdo.
Guardiola no podía salir a la calle ni acudir a un acto público sin que se le reclamara la necesidad de su continuidad. Lo que se presumía muy razonable no podía mantener más incertidumbres. Guardiola es un trofeo singular del club.
El entrenador ha sido cauto y solamente se ha comprometido por una temporada más. El futuro siempre es imperfecto aunque él tiene garantía suficiente para mantenerse en el cargo aunque sufra algún tropiezo. Guardiola es el pedestal sobre el que se apoyan las seis copas.

