Jean Girardoux decía que el deporte que se jugaba con las manos era falso. La autenticidad estaba en los pies. Tal vez por ello, tras el primer entrenamiento de Ferenc Puskas en el Madrid, cuando le preguntaron a Di Stéfano por el nuevo dijo: "Maneja el balón con los pies mejor que yo con la mano". El mérito de los futbolistas, evidentemente, siempre ha estado en su buen toque de balón. Ahora se ha puesto de moda jugar mucho con los brazos.
Nunca como ahora se habían valido los futbolistas del uso de los brazos. Lo malo del asunto es que cometen faltas que son castigadas y acarrean suma de tarjetas amarillas porque en la acción suele haber cierto deseo de perjudicar al contrario.
El domingo, en el Bernabéu, se vieron varios saltos propios de los sistemas actuales, pero el braceo tuvo culminación cuando el malaguista Mtiliga trató de cortar un avance de Cristiano (¿?) sujetándole. A este le salió el alma heterodoxa y le mandó un mamporro en el que le partió la nariz.
Afear el juego de brazos es misión que deben acometer no sólo los árbitros sino también los entrenadores. Que una cosa es apoyarse para ganar altura y otra dar codazos al adversario.
Lo que no va a salir a relucir ahora es la teoría, que en ocasiones de maneja, de castigar al agresor con los mismos partidos que correspondan a los que el lesionado tiene que estar en la grada por las heridas recibidas.
En la prensa madrileña, a veces, se recuerda que a Cortizo, defensa del Zaragoza, se le impuso castigo ejemplar por la fractura de tibia que sufrió Enrique Collar. Ahora esta cuestión no se debate. De haberse aprobado moción a veces tan justiciera, Luis Figo no habría vuelto a jugar después de la lesión que causó al zaragocista Jiménez, quien, desgraciadamente, se tuvo que retirar del fútbol.
El Comité de Competición tiene esta semana examen público. Hay expectación por ver cómo califica el golpe que causó fractura de nariz.

