Nunca creía en las posibilidades de la selección española de fútbol hasta que en la Eurocopa, en Viena, donde juega hoy, ganó la Eurocopa por segunda vez. Yo estuve en el Bernabéu como cronista en 1964, y tras el gol de Marcelino había padecido toda clase de frustraciones en Mundiales y torneos europeos. Antes de Viena me puse la venda, ahora quiero hacerlo antes de Johannesburgo.
Hay cierta propensión a vender la piel del oso, y a unos meses del Mundial se comienza a aventurar la posibilidad de ganarlo. Al equipo ya no se le pone meta que no sea la final. La clasificación obtenida rotundamente hace pensar en glorias.
La selección derrotó a Argentina pese a que unos cuantos tuvieron que jugarse las tibias, y ello ha aumentado la euforia y no es bueno acudir con cartel de favorito a una competición dura y en la que cualquier adversario te puede poner contra la pared.
Esta noche se juega en el Prater contra Austria, selección que lleva años de caída libre y a la que no hace mucho se la goleó de manea inmisericorde. Lo que ocurra hoy no puede tener repercusión. Es auténtico partido amistoso porque los austriacos no son argentinos.
Independientemente de tanto resultado favorable, la realidad de un Mundial es otra, y equipos ahora considerados inferiores, en este tipo de acontecimientos se convierten en auténticos aspirantes a la final. Alemania e Italia, por citar dos casos europeos, y Brasil, por el cupo sudamericano.
En Suráfrica, en la Copa Confederaciones, nos ganó Estados Unidos con el tanto de Altidore, futbolista del Villarreal que está cedido. La bondad o dificultad del camino dependerá en parte del sorteo. Acudir como favoritos será error.

