El Real Madrid, con sus recursos para que Cristiano Ronaldo pudiera jugar en Riazor, y el coro mediático que aplaudió tales gestiones no hicieron otra cosa que menospreciar al resto de la plantilla. Jugar sin el portugués parecía que llevaba al desastre. El equipo demostró que se bastaba y sobraba para romper el maleficio coruñés. En Riazor no se había ganado en dieciocho años.
En general, no es bueno cargar sobre un futbolista, por importante que sea, la necesidad de su alineación. En un club como el madridista todos los jugadores deben tener reconocimiento suficiente para no sentirse tan inferiores como parece que lo son al lado del nuevo astro.
Los grandes futbolistas suelen acaparar el mayor protagonismo y, sin embargo, confiar en ellos de la manera en que se hace con Cristiano es poner en duda al resto de sus compañeros. En Riazor el equipo jugó más libre, menos sujeto a su presencia.
Darle la pelota a la figura para que resuelva el partido hay jornadas en que resulta inconveniente. Los contrarios acaban marcándole tan estrechamente que cuando recibe el balón está rodeado y con pocas posibilidades de salir del trance.
El Barça que perdió dos Ligas, a pesar de que era favorito y llegó a tener notable ventaja en la tabla, lo hizo por depender de Ronaldinho, quien ya no estaba para grandes actuaciones. En Riazor, Benzema se sintió más protagonista y mejoró notablemente con respecto a actuaciones anteriores.
El Madrid sin Cristiano celebró la aparición estelar de Guti, quien se sintió primera figura del elenco y llenó la escena con su juego y, especialmente, con el taconazo que valió un gol. Pareció poner de moda tal gesto porque Navas, contra el Valencia, también usó tal recurso.

