A los partidos amistosos de la selección nacional de fútbol, cuanto más absurdos, más justificaciones se les buscan. La teoría acaba siempre diciendo que se trata de perfilar al equipo y de tener una visión más exacta de lo que pueden dar algunos jugadores antes de un torneo internacional.
La selección ha de disputar el Campeonato de las Confederaciones en Sudáfrica, y para hacer boca hoy juega en Baku contra Azerbaiyán, reconocida potencia mundial a la que se recurre para ver cómo están los campeones europeos un año después.
El viaje ha sido una paliza, y teniendo en cuenta las carencias físicas de algunos futbolistas, que están más para el descanso que para largos desplazamientos en avión, no creo que el partido ofrezca otros beneficios que los económicos de los que se va a embolsar la Federación Española.
En un bolo de estas características puede ocurrir lo imprevisto, la inoportuna lesión de un jugador. Para participar en la primera fase del campeonato sudafricano, de acuerdo con los primeros adversarios que aguardan, sobraba lo de Azerbaiyán.
Nueva Zelanda, Iraq y Sudáfrica son las selecciones a las que hay que enfrentarse antes de pasar a la siguiente ronda, en la que puede tocar Italia o Brasil. Para jugar contra cualquiera de ambas, las tres del primer tramo habrían sido suficiente entrenamiento.
El equipo español futbolísticamente no tiene nada que ganar en Bakú. Desde esta ciudad habrá que volver a meterse en el cuerpo otras seis horas de vuelo. En definitiva, duplicar el viaje desde Madrid a Johannesburgo.
Probablemente la selección volverá a entusiasmar si también en este torneo, de menor cuantía, consigue triunfar. Esta vez Luis Aragonés sólo será comentarista. El mal trago podría ser para Del Bosque.

