Los bancos centrales están agotando sus últimas municiones en el combate contra la recesión-depresión de la economía mundial. El pasado jueves el BCE bajo 0,5 puntos su tipo director hasta el 1,5%, el nivel más bajo de la historia del euro desde su creación en 1999. No ha sido una sorpresa, pero sabiendo cómo son los de Fráncfort, no deja de ser una marca histórica que demuestra a la vez la gravedad de la crisis y el agotamiento de los medios para hacerle frente porque, a pesar de la rebaja, los mercados bursátiles siguieron su caída que no parece tener fin.
¡Y pensar que hace bien poco, en julio pasado, el BCE todavía había creído necesario subir un cuartillo el tipo de interés, hasta el 4,25%, para hacer frente a las supuestas "amenazas inflacionistas" que pesaban sobre la economía europea! Que Dios les conserve la vista y mejore su capacidad de predicción, porque entonces hacía ya un año que la crisis bancaria había empezado. Y desde entonces han tenido que bajarlo a todo correr 2,75 puntos, aunque no tanto ni tan rápido como la Reserva Federal americana o el Banco de Inglaterra, que el mismo jueves los bajó hasta el 0,5%.
Es a toda la profesión de economistas a quien hay que reprochar la incapacidad de previsión que han demostrado. Hace menos de un año la preocupación era el sobrecalentamiento de la economía china que podía convertirse en un foco exportador de inflación ante el aumento de sus costes de producción. Después se pensó que podía ser un motor de reemplazo al consumo norteamericano y mantener la actividad económica mundial. Y en pocos meses el problema ya no es el sobrecalentamiento de una economía que crecía al 10%, sino su congelación ante la caída brutal de sus exportaciones.
Tanto es así que la nueva Administración americana ha puesto en el congelador sus reproches por la sobrevaluación del yuan para pedir a Pekín un mayor esfuerzo de relanzamiento de su economía. Y no sólo que lo haga sino que lo diga, que lo "comunique", para que tenga un efecto psicológico antes que el real. Se esperaba que en la sesión anual del Parlamento chino, que empezaba este jueves, se anunciase un gigantesco plan de 1,1 billones de euros, un 30% del PIB, para crear 10 millones de empleos. La noticia, o más bien el rumor, hizo subir la Bolsa de Shangai y los precios del cobre y el petróleo, pero ante los 2.985 "diputados", el primer ministro Wen Jiabao se limitó a detallar el plan de 4 billones de yuanes, 0,4 billones de euros, que ya habían anunciado en noviembre.
En realidad, China es de los pocos países que se puede permitir financiar el relanzamiento de su economía porque tiene enormes reservas de cambio, 1,8 billones de dólares, y un endeudamiento muy bajo, menos del 20% del PIB, todo lo contrario de la mayoría de las economías occidentales. Y falta le haría hacerlo para desarrollar sus servicios públicos, en particular los sanitarios, y un sistema de pensiones cuya ausencia induce un excesivo ahorro privado.
Vivir para ver, o no hay mal que por bien no venga, los propios expertos del Fondo Monetario presionan a las autoridades chinas para hacer un mayor esfuerzo en el desarrollo de los servicios sociales...
Esperemos que lo hagan porque las previsiones en las que se basa el Presupuesto presentado por Obama, un retorno al crecimiento sostenido en el 2010, parecen demasiado optimistas. La interdependencia de las grandes economías internacionales, las emergentes incluidas, es tan grande que la salida de la crisis requiere una acción coordinada de todas ellas.
Pero mientras esperamos los efectos saludables de lo que hagan en Washington y Pekín, los europeos deberíamos hacer algo más por nuestra cuenta, y hacerlo de forma más coordinada, como pide el manifiesto del Partido Socialista Europeo para las próximas elecciones. La economía europea está cayendo a una velocidad sorprendente, como reconoce el propio BCE, que espera ahora una contracción del 2,7% en la zona euro, cuando sólo hace tres meses vaticinaba una recesión del 0,5%. También es una novedad que las previsiones de crecimiento del BCE sean más pesimistas que las de los gobiernos y sus previsiones de inflación extremadamente moderadas.
Precisamente por ello, nuestro BCE no debiera sólo seguir bajando los tipos de interés, como Trichet ya ha insinuado que hará, aunque está llegando a su lÍmite numérico y de eficacia. También debería pensar en aplicar instrumentos excepcionales de relanzamiento vía la creación de moneda como ha hecho el Banco de Inglaterra, al que estando ya en el 0,5%, no le queda mucho que hacer bajando tipos, con un programa de compra de activos financieros de 75.000 millones de libras en los próximos 3 meses, la mayor parte de Deuda Pública pero también bonos de tesorería y otras deudas privadas.
Así, el pragmatismo británico les convierte en el primer Banco Central europeo en aplicar una política de tipo "cuantitativo", para aumentar el margen de maniobra de los bancos para prestar y de las empresas para invertir.
Es cierto que el BCE tiene límites institucionales para utilizar munición monetaria de este tipo. Los Tratados le prohíben suscribir deuda Pública de los países de la zona euro y desde luego no piensa en imitar al Banco de Japón, que ha decidido prestar sus reservas de divisas a las empresas con dificultades de financiación exterior.
Pero por primera vez las autoridades monetarias europeas han dejado entrever su disposición a utilizar medidas "no convencionales". Es bueno que así sea porque ante la crisis la política económica no puede quedarse sin municiones. josep.borrellfontelles@europarl.europa.eu

