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Josep Borrell

Josep Borrell

Un presidente para Europa

16/11/2009 | 14:50 h.

Cuando, como presidente del Parlamento Europeo, fui presentado al presidente G. W. Bush durante su visita a Europa en el año 2005, me comentó que en la Unión Europea había muchos "presidentes". Si ahora volviera se encontraría con uno más, el presidente "permanente" del Consejo Europeo creado por el Tratado de Lisboa.

De aquí al próximo jueves, el presidente "rotatorio" de la UE, el primer ministro sueco, F. Reinfeldt, debe encontrar un consenso para nombrar a la persona que debe cubrir ese puesto durante los próximos 30 meses. Se pretende así dar continuidad a los trabajos del Consejo Europeo, impulsando y dando coherencia a sus trabajos y asumiendo la representación exterior de la Unión.

Mucho o poco, según el contenido que la práctica dé a estas vagas funciones. Más que nunca, la persona hará el cargo y el primer titular del puesto conformará lo que vaya a ser su papel frente a la Presidencia "rotatoria" de la Unión, que en la práctica va a subsistir, el alto representante para la Política Exterior, lo que ahora es Javier Solana pero con competencias reforzadas, y el propio presidente de la Comisión Europea. Como ven, muchos presidentes, como decía Bush con su desparpajo texano. No es seguro que quede más claro ahora cuál es el teléfono de Europa al que Kissinger quería llamar y no sabía cuál podía ser.

En realidad, cuando el Consejo Europeo haya decidido los nombramientos y entre en vigor el Tratado de Lisboa, el operador del call center de la UE tendrá que ser muy hábil para dirigir adecuadamente las llamadas entrantes.

Tendrá que tener en cuenta especialmente que, en la práctica, la Presidencia "permanente" del Consejo Europeo no implica la desaparición de la Presidencia "rotatoria" de la UE, como se había argumentado para apoyar la creación de esa nueva Presidencia. Sólo el Consejo Europeo, el que reúne a los jefes de Estado y de Gobierno, y el de Asuntos Exteriores, que reúne a los ministros del ramo, serán presididos de forma "estable" por el nuevo presidente y el alto representante. Los demás Consejos de la Unión, los sectoriales como el Ecofin, Agricultura, Transportes, etc., continuarán rotando cada seis meses entre los países miembros. Y éstos, lógicamente, querrán dar algún contenido al presidente de su Gobierno.

Éste ya no presidirá el Consejo Europeo, pero en la medida que sus ministros presidan los Consejos sectoriales de la UE, también querrá una parte de protagonismo. La prueba de fuego de la importancia relativa del presidente del Consejo y del jefe del Gobierno del país que asuma la Presidencia rotatoria de la UE será ver cuál de los dos se dirige al Parlamento Europeo al principio de cada semestre. Si es el segundo de ellos, como parece que va a ser, entonces en la práctica subsistirá la Presidencia rotatoria de la UE con sus programas de acción diseñados por el país que la asuma. Y a ello hay que añadir el presidente del Eurogrupo, formado por los ministros de Economía de los países del Euro, cuyo papel queda también realzado por la nueva estructura institucional.

Ante esta perspectiva, es importante saber qué clase de presidente del Consejo quiere Europa. Nos haría falta un presidente al estilo de un George Washington trasladado a nuestro tiempo. Pero suponiendo que existiera y quisiera, no es seguro que los miembros del Consejo Europeo lo eligieran. Quizás prefieran alguien de perfil más plano, más dedicado a la callada labor de crear consensos internos y menos dado a ocupar el protagonismo planetario que implica la función de representar, ni más ni menos, a la Unión Europea ante el mundo.

Por eso los candidatos oscilan entre personalidades carismáticas y de gran prestigio internacional como Tony Blair y casi desconocidos recién llegados al Consejo Europeo como el belga Van Rompuy. O un gran embajador para tratar de igual a igual a los grandes de este mundo, o un maquinista que engrase las voluntades nacionales y no haga sombra a los grandes países de la Unión en sus respectivas políticas exteriores. Pero además de su personalidad más o menos brillante, los candidatos deberían representar los valores europeos y, ellos y sus países, deberían estar fuertemente comprometidos con el proceso de integración europea. Y, como se ha señalado ampliamente estos días, ése no parece ser el caso de Tony Blair.

Algunas simulaciones de circunstancias históricas ya pasadas pueden ayudar a comprender las incógnitas que encierra la función del nuevo presidente del Consejo Europeo. Si hubiese existido durante los días de la gran división europea ante la guerra de Iraq, ¿hubiese podido evitarla mediante sus funciones de presidir el Consejo, dar coherencia a sus posiciones y representarlas externamente? ¿Le hubieran dejado Blair y Chirac y Schroeder ir a Washington a hablar en su nombre con Bush, o hubieran también querido ir ellos en orden disperso como ocurrió entonces?

La Historia no se repite y no sabemos a qué nuevos acontecimientos tendrá que hacer frente el nuevo presidente "de Europa". Pero no será un presidente ejecutivo, un nuevo Washington, al que se le pueda llamar para recibir respuestas como las que podría dar un jefe de Estado o de Gobierno. Su función dependerá de su personalidad, de sus circunstancias y de lo que le dejen hacer sus colegas del Consejo dentro del bizantino complejo institucional que sigue siendo Europa después de Lisboa.

Pero eso es lo que hay, porque el cansancio de 10 años de disputas institucionales y las enormes dificultades que presenta una reforma de los Tratados hará que durante muchos años nos quedemos con lo que tenemos. Nada es duradero sin instituciones, decía Monet. Tenía razón, pero nada se hace sin la capacidad de las personas que las encarnan. Esperemos que el Consejo escoja bien el próximo fin de semana.

16/11/2009 | 14:50 h.

Josep Borrell

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