Lo menos que se puede decir es que la elección del presidente del Consejo Europeo y de la alta representante para la política exterior de la UE ha provocado una oleada de decepción entre los europeístas y reacciones burlescas entre los euroescépticos.
La generalidad de la prensa europea critica el nombramiento de la discreta pareja Van Rompuy-Ashton, interpretándolo como la señal clara de que los grandes Estados de la Unión quieren seguir manejando las riendas de los asuntos europeos. Los comentarios son bastante sangrantes, desde los más incisivos que piensan que Europa ha tocado fondo convirtiendo las expectativas creadas por el Tratado de Lisboa en un "petardo mojado" o en una "montaña que acabó pariendo dos ratones", hasta los más cáusticos, como el de Giscard d'Estaing, que piensa que los líderes europeos no han escogido precisamente un George Washington para dirigir su Consejo.
Pero ya anticipaba en mi pasada crónica que un Washington a la europea ni lo hay, ni se le espera, ni se le reclama. Estamos muy, muy lejos todavía de la situación de la Filadelfia de los Estados Unidos nacientes y la UE vive todavía una fase de transición que será larga y de resultados inciertos.
Lo cierto es que después de diez años de reflexión, debates y referéndum a repetición para intentar construir una UE más visible, eficaz e influyente en el mundo, después de la laboriosa reconversión en el Tratado de Lisboa de la non nata Constitución, el Consejo Europeo ha escogido a dos personas desconocidas y salidas de la sombra para que sean la cara de Europa frente al mundo. Más bien parece que nos quedamos en esa Europa sin rostro identificable que supuestamente queríamos superar.
Y cierto es, sin que recordarlo sea tratarles injustamente, que el reciente primer ministro belga y la ex presidenta de la Cámara de los Lores y recientísima Comisaria de Comercio son muy poco conocidos en Europa y totalmente desconocidos en la escena internacional. Su nombramiento se explica por la forma en la que funcionan las instituciones europeas, siempre buscando el más pequeño denominador común, la solución de menor coste y que menos enfados produce entre todos los países. Se trata de gente seria y habrá que juzgarlos por sus actos y, seguramente, como dijo la canciller alemana a la salida del Consejo, "no dirán tonterías". Pero los que estuvimos trabajando en el proyecto de Constitución sabemos que nos quedamos lejos de las ambiciones que se tuvieron al remodelar la estructura institucional europea.
Hasta ahora cada país presidía rotativamente el Consejo Europeo por un periodo de seis meses. Y la representación exterior de la UE la ejercían un comisario de Relaciones Exteriores y un alto representante del Consejo, cada uno en los ámbitos respectivos de las competencias comunitarias e intergubernamentales. El resultado era un liderazgo débil, confuso y cambiante, poco identificable y comprensible por nuestros interlocutores e incapaz de dar a Europa la visualización que requieren nuestros tiempos.
Para corregir esta situación se quiso dar estabilidad a la Presidencia del Consejo, nombrando un presidente permanente por dos años y medio renovables y fundiendo en una sola persona los puestos de comisario y alto representante. Sobre el papel, mejor de lo que hay; pero en la práctica, la eficacia de estos cambios dependerá mucho de las personas que los ejerzan. Y por eso no deja de producir sorpresa la discreta pareja escogida de forma sorprendentemente rápida por el Consejo Europeo.
Ciertamente, Van Rompuy es un europeísta convencido, con la ventaja de no serlo demasiado evidentemente en sus parcas manifestaciones, lo que le hace aceptable por los países euroescépticos. Ciertamente, la baronesa Ashtom hizo un buen papel como presidenta de los lores consiguiendo que la Cámara Alta aprobase el Tratado de Lisboa. Pero no se ha presentado nunca a unas elecciones, y por eso no fue nunca ministro, y su experiencia diplomática es prácticamente nula. Por lo que la conozco de cuando llegó a su puesto de comisaria europea, es una persona afable, dialogante y que no trata de imponer con fuerza sus posiciones desde una actitud de superioridad british como su antecesor Mandelsonn. Pero la tarea que le espera es muy difícil y hubiera sido muy útil seguir contando con la experiencia de un Javier Solana.
En cuanto a Van Rompuy, el personaje es desconocido y discreto. Con su aspecto de canónigo y sus retiros espirituales frecuentes en monasterios, ha sabido maniobrar con habilidad en las complejas aguas de la política belga y es seguramente más complejo de lo que parece. Un "dandy bon vivant camuflado dentro de un cirio" lo describía un antiguo colega eurodiputado.
Y las comparaciones con G. Washington son poco pertinentes. Los americanos escogieron un G. Washington porque era el hombre más conocido de la época, vencedor de la guerra de la independencia, un carácter fuerte que iba a dirigir una uniónn política. Y nosotros no estamos todavía en ello. Los miembros del Consejo no han querido un líder, un president que estuviera por encima de ellos, sino un chairman, un conciliador que facilite la cohesión y el consenso en el Consejo, un primum inter pares representativo de la media.
Queda por ver si esto es suficiente para hacer vivir Europa. Es la tarea que le espera a nuestra discreta pareja. Deseémosles suerte.

