El euro cumple hoy, mejor dicho cumplió ayer, sus 10 años. Cierto que no lo tuvimos en el bolsillo en forma de monedas y billetes hasta el 2002. Pero realmente nació el 1 de enero de 1999 cuando los países que lo adoptaron fijaron de forma irreversible los tipos de cambio entre sus monedas y transfirieron la política monetaria al Banco Central Europeo.
La actual crisis de la economía mundial, financiera primero y económica después, ofrece un interesante escenario para hacer balance de esos 10 años del euro. Y en el activo de ese balance figura sin duda el papel de estabilizador que de el se esperaba. Con el euro se acabaron las relaciones especulativas entre las monedas europeas que tantas veces las habían desestabilizado. La zona euro ha funcionado como subespacio de la economía mundial caracterizado por un sistema de cambios fijos, lo que representa el rechazo europeo del sistema de cambios flexibles que los EEUU impusieron al resto del mundo en 1971.
Esta capacidad de estabilización es especialmente valiosa en medio de las tormentas, como la que empezó sin que nos diéramos cuenta en el verano del 2007 y a punto estuvo de colapsar el sistema financiero mundial. Es útil preguntarse que hubiera ocurrido en Europa en las recientes circunstancias si no hubiésemos tenido el euro. En particular en España, ¿qué le hubiera ocurrido a la moneda de un país de talla media con el segundo déficit comercial en volumen mas grande del mundo, cuya economía entra en picado en recesión? Es fácil imaginarlo y por ello es bueno reconocer que el euro ha sido un escudo excepcional para la economía española en estos tiempos difíciles.
El caso español no es único, lo mismo le ha ocurrido a países como Irlanda, y bien hubieran querido estar a su cobijo los que no lo tienen y cuyas monedas han sido duramente zarandeadas por la tormenta financiera. La crisis, al menos por el momento, ha fortalecido al euro y aumentado su atractivo hasta el punto que algunos de los que lo habían rechazado se plantean ahora adoptarlo.
Y hasta que hemos llegado a la crisis, esa estabilidad ha sido también muy beneficiosa. Nos ha dado unos tipos de interés a largo mas o menos iguales a los que tenía la Alemania del marco, y unos tipos de interés a corto al menos sin los picos que alcanzaban cuando se utilizaban para defender los tipos de cambio contra la especulación.
Pero si el euro ha sido un escudo, es menos claro que haya sido el motor que también se esperaba que fuera. Cuando el referéndum sobre el Tratado de Maastrich, en Francia se presentaba el euro como el que iba a aportar el suplemento de crecimiento necesario para acabar con el paro en Europa. En España no tuvimos nunca ese debate porque todavía entonces todo lo que venia de Europa era bueno y era bastante evidente que la peseta no era mejor divisa que una compartida con Alemania. Pero para el conjunto de la zona euro el resultado no ha sido el que se anunciaba.
Vaya a Vd. a saber si ha sido por el euro o por otros factores que también han influido de forma poderosa en el devenir económico de esta década. Nadie puede saber si las cosas no hubiesen sido todavía peor sin el euro. Pero si no hemos sacado del euro todo su potencial es seguramente porque la Unión Económica y Monetaria se ha quedado casi exclusivamente en lo de Monetaria. Los gobiernos no han sabido, o querido, construir sistemas de gobierno económicos y sociales compartidos. La tantas veces reclamada coordinación presupuestaria no ha pasado de declaraciones de buena voluntad, como la actual crisis ha demostrado de nuevo, y la talla del presupuesto comunitario, del orden del 1,1 % del Pib europeo, es demasiado pequeña para actuar como un estabilizador macroeconómico.
La zona euro se ha instalado así en un subóptimo con respecto a lo que serian sus potencialidades. Y por eso el balance del euro es globalmente positivo pero lleno de ambivalencias. Demasiadas para explorarlas todas en este reducido espacio, pero claramente referidas a la contradicción originaria, que se ha vuelto ya crónica, entre los egoísmos nacionales y la voluntad de cooperación voluntaria entre los Estados que es la marca de fábrica de la construcción europea. Tanto mas cuanto más se ha ampliado.
Habrá que ver como se administra esta contradicción frente a la crisis. A finales del año que se acabo la presidencia francesa consiguió salvar la cara de la Unión Europea con un plan coordinado de relanzamiento que fue tan allá como era posible. Pero es probable que las nuevas restricciones creadas por la crisis hagan que algunos Estados piensen que les vendría bien recuperar el pleno control de su política económica si la solidaridad del conjunto no es suficiente.
Por el momento seria suicida intentar jugar en solitario una política de tipos de cambio que el euro hace imposible. Pero la historia económica del año que empieza esta por escribir .Y probablemente lo más duro de la crisis este por venir, el menos en lo que a sus consecuencias sociales se refiere. Esperemos que la voluntad de cooperación sea más fuerte que la defensa de los intereses a corto plazo de cada una de las economías de la zona euro y que resolvamos por arriba la contradicción entre esos dos elementos.
Continuará. josep.borrellfontelles@europarl.europa.eu

