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Josep Borrell

Josep Borrell

La amenaza latente de una nueva crisis alimentaria

17/04/2009 | 15:06 h.

Acabada la cumbre Europa-EEUU, empezó en Praga la Asamblea Parlamentaria Conjunta de la Unión Europea y los países de África, Caribe y Pacifico (ACP) para analizar el impacto de la crisis financiera sobre los países en desarrollo.

A nadie se le escapaba en Praga que en pocos meses los países de la Unión Europea han encontrado 3 billones de euros, digo bien 3 millones de millones, para recapitalizar a sus bancos, pero que había sido extraordinariamente difícil arañar 1.000 millones para financiar semillas y abonos a los pequeños agricultores de los países ACP con los que hacer frente a la crisis alimentaría que había precedido a la financiera.

Recordemos que a principios del 2008 un espectacular aumento del precio de los productos agrícolas, incluyendo los del trigo y el arroz, provocó graves disturbios en más de 30 países, desde Haití a Bangladesh. Después los precios han caído hasta un 50% desde el pico alcanzado el año pasado, pero todavía continúan por encima de la media de los últimos diez años y algunos productos al doble de la media 1998-2008.

Desde luego, los precios de los alimentos para el consumidor final en los países en desarrollo no han caído como lo ha hecho el petróleo. Están en los niveles de mediados del 2007, y el Programa Alimentario Mundial necesita este año unos 6.000 millones de dólares (un 20% más del récord alcanzado el año pasado) para alimentar a los más pobres de la Tierra. Y tiene muchas dificultades para conseguirlos, a pesar de todas las promesas de la cumbre de la FAO en Roma.

Los disturbios del hambre del 2008 duraron sólo unos meses, pero eran reveladores de la imposibilidad de una parte importante de la población mundial para satisfacer el derecho elemental a la alimentación. Esas subidas vertiginosas eran en buena medida producidas por la especulación financiera, que cambiaba de objetivo y de escenario abandonando el sector inmobiliario, pero no eran sólo coyunturales. Por el contrario, anunciaban un desequilibrio entre oferta y demanda en un mundo que tiene que alimentar cada año a 80 millones más de bocas y se enfrenta a la triple escasez de tierra, agua y energía. La combinación de bajo crecimiento, creciente desempleo y reducción de inversiones y de remesas de emigrantes, junto con los elevados precios de los alimentos, puede situar al número de personas con hambre crónica por encima de los mil millones.

Los debates de Praga se hacían también eco del informe presentado a los ministros de agricultura del G-8, club que todavía no ha sido completamente substituido por el G-20. En él se advierte que el mundo se dirige hacia una crisis alimentaria que provocará una inestabilidad global a menos que la producción agrícola se doble de aquí al 2050.

Ya en el 2030 tendremos que alimentar a 9.000 millones de personas, la mitad más que hoy. ¿Es eso posible? No sin un enorme cambio en las prioridades políticas. Sí desde el punto de vista de los recursos y las capacidades. En China murieron de hambre 30 millones de personas entre 1958 y 1962, pero hoy se puede permitir ser un contribuyente neto al PAM. En la India, el 30% de la producción de frutas y verduras, más del consumo de España, se pierde por las dificultades de transporte y almacenamiento. En Burkina Fasso, en pleno Sahel, se pueden doblar los rendimientos con un coste de 150 euros/hectárea. Pero al mismo tiempo la parte destinada a la agricultura en la ayuda al desarrollo ha bajado en 20 años desde el 28% a menos del 5%. Y luego nos sorprendemos de que pase lo que pasa...

Vencer el hambre, la presente y la futura, es posible. Es más un problema de voluntad política que de costes. Bastarían 30.000 millones de euros/año, a comparar de nuevo con los 3 millones de millones de recapitalización bancaria en un solo año.

Sin esa voluntad política, los propios ministros de Agricultura del G-8 advierten de que la pasada crisis se convertirá en estructural en pocas décadas, con serias consecuencias sobre la seguridad y la estabilidad mundial.

Más a corto plazo, la preocupación es que en algunos grandes productores y exportadores como Ucrania, Argentina y Brasil, los recursos escasos reduzcan el uso de semillas híbridas de alto rendimiento y fertilizantes y la producción caiga. Y que en EEUU la disminución de los precios mundiales reduzca la superficie cultivada. Pero el escenario más preocupante es que una inesperada racha de mal tiempo dañe la siguiente cosecha y un stock de productos agrícolas bajo provoque otra alza de precios.

Es a la luz de estas circunstancias que hay que valorar lo que significa el llamamiento del G-20 a culminar la Ronda de Doha sobre liberalización comercial. El Informe Mcguinnes, aprobado por el Parlamento Europeo por abrumadora mayoría, estima que la política de apertura comercial impulsada por la OMC ha deteriorado la seguridad alimentaria de muchos países en desarrollo. Y la prioridad no debe ser ahora una liberalización espectacular del comercio agrícola sino el derecho de cada país de conseguir un grado elevado de autosuficiencia alimentaria.

A fin de cuentas es lo que hicimos los europeos cuando después de la guerra éramos un continente destruido, amenazado y hambriento. Pero en África se abandonó una agricultura embrionaria para favorecer el desarrollo industrial. Los agricultores que abandonaron los campos se han convertido en pobres urbanos pero, aun así, en el África subsahariana el 80% de la población es rural y malvive de la agricultura. No se puede vencer la pobreza sin aumentar la producción agrícola, y eso no se puede hacer sin un fuerte apoyo a las explotaciones familiares. Sólo así se podrá conjurar la amenaza latente de la crisis alimentaria. josep.borrellfontelles@europarl.europa.eu

17/04/2009 | 15:06 h.

Josep Borrell

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