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Josep Borrell

Josep Borrell

Rasmussen en Estrasburgo, Krugman en Bruselas

19/03/2009 | 14:47 h.

El premio Nobel y economista de moda P. Krugman pasó por España para decirnos que lo tenemos crudo y que sólo nos queda esperar a que la economía europea se reactive. Y después se fue a Bruselas para reprochar a la Unión Europea que no haga ni la mitad de lo que debiera para salir de la crisis.

Su rueda de prensa conjunta con el vicepresidente de la Comisión, Günter Verheugen, fue una escenificación en vivo de las desavenencias entre EEUU y Europa, que los ministros de Economía se esforzaron en disimular durante su reunión preparatoria del próximo G-20 de Londres.

Todo el mundo sabe ya que EEUU quiere que los demás países aumenten sus planes de relanzamiento y los europeos, con Alemania y Francia a la cabeza, prefieren reforzar la regulación del sistema financiero. Ello coloca a Brown del lado americano, junto con China y Japón, y pone las cosas difíciles para una reunión que sea probablemente la más importante que el mundo haya vivido desde el final de la II Guerra Mundial. La presencia de Obama le da una especial importancia puesto que la anterior en Washington, con Bush todavía oficiando de anfitrión, no fue más que un vago roadmap de ideas que han servido para poco. Lo contrario hubiera sido un milagro.

Pero para Krugman ni siquiera EEUU está haciendo lo suficiente para compensar la brutal caída de la demanda de las familias americanas, hasta ahora financiada a crédito. Tanto EEUU como Europa deberían inyectar, sólo este año, un impulso fiscal del orden del 4% de su PIB, lo que es el doble de lo acordado por el Consejo Europeo. La reacción, lenta e inadecuada en ambos lados del Atlántico, sería parecida a la de Japón en su última crisis, de la que 15 años después todavía no ha salido.

La Comisión le ha replicado, como si fuera un ensayo de lo que le van a decir a Obama, que no van a gastar más porque su esfuerzo fiscal es ya "sin precedentes" (lo cual es seguramente cierto, pero las comparaciones con un pasado diferente son poco relevantes) y que lo acordado representa ya el 3,3% del PIB.

Y aquí empieza la guerra de cifras y de conceptos de la que es difícil sacar el agua clara. Lo vimos la pasada semana en el debate en Estrasburgo en el que Poul Nyrup Rasmussen, presidente del Partido Socialista Europeo, le pidió a Barroso que no inflara sus cuentas y que no les contara a los europeos una película color de rosa.

¡No, Sr. Barroso, Vds. no han programado un plan de relanzamiento económico del 3,3% del PIB! En esa cuenta se incluye el efecto de los estabilizadores automáticos, es decir, el aumento del gasto público generado por la crisis como consecuencia de los menores ingresos y del mayor gasto social, pero que ya está computado en la prognosis del problema, en la estimación de la intensidad de la crisis. Computarlos de nuevo en las medidas de reactivación equivaldría a contarlos dos veces.

Descontado ese efecto, el impulso económico programado sería el 1,1% del PIB comunitario, según el comisario Almunia, y otro 0,5% de iniciativas que no afectan al Presupuesto, como las recapitalizaciones bancarias. Pero, armado de las estimaciones del Instituto Bruegel, uno de los más prestigiosos think tanks bruselenses, Rasmussen considera que el estímulo real es del orden del 0,9% y, aun así, en esta cifra se incluyen conceptos como los 5.000 millones de euros de remanentes del Presupuesto comunitario a los que los Estados todavía no han renunciado o inversiones en infraestructuras que estaban ya programadas y cuyos pagos se han anticipado.

Las advertencias de Krugman sonaron fuerte y sentaron mal en Bruselas, pero el discurso de Rasmussen en Estrasburgo no fue menos incisivo. El empleo está en caída libre en Europa y la Comisión vende un plan de estímulo económico del 3,3% del PIB que en realidad es del 0,9%. Para el presidente de los socialistas europeos, no es suficiente para frenar el paro y evitar que la caída en picado de la economía se convierta en una barrena a la japonesa de la que sea muy difícil salir.

¿Cómo presentarse en Londres en la reunión con Obama con unos planes de relanzamiento que son la mitad de los americanos cuando en realidad la crisis está golpeando más fuerte a la economía europea? No es cuestión de esperar que escampe y que vengan tiempos mejores de la mano de la recuperación de EEUU y China, sino de poner a trabajar las capacidades europeas mediante nuevos instrumentos financieros como los eurobonos o una mayor utilización del Banco Europeo de Inversiones.

El problema es que ello requiere una capacidad de decisión política que Europa no tiene porque no tiene las instituciones de gobierno económico adecuadas. El sistema europeo está pensado para tiempos de bonanza y se limita a una policía de los déficits públicos, pero poco o nada está pensado para épocas turbulentas. Y como sus críticos han dicho muchas veces, la verdadera prueba de fuego del euro será cuando la economía europea viva una profunda recesión, como la que estamos viviendo ahora.

También en eso estaba de acuerdo Krugman, al considerar que para hacer frente a la crisis Bruselas tendría que tener más poderes. Pero los gobiernos no tienen la menor voluntad de dárselos y tampoco la Comisión anda pidiéndolos.

El otro gran problema, que se agrava día a día, es la situación de los países del Este, especialmente de los Bálticos. Es el momento de mostrar la necesaria solidaridad para evitar que aparezca en Europa una nueva división económica. Ello quiere decir más solidaridad, como también pidió Rasmussen en Estrasburgo. Pero me temo que le van a hacer tanto caso como a Krugman. josep.borrellfontelles@europarl.europa.eu

19/03/2009 | 14:47 h.

Josep Borrell

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