La pasada semana, mientras las urnas se cerraban en Alemania, analizaba en estas páginas digitales la posibilidad de que los socialdemócratas consiguieran quedar por encima del 25% de los votos. No fue así y registraron su mayor derrota histórica, en buena parte debida al rechazo de sus políticas anteriores, que desvió el voto hacia su izquierda, a la popularidad de Merkel y al desencanto democrático manifestado por una participación 5 puntos menor que en el 2005.
Alemania se suma así al declinar de la izquierda de gobierno en Europa. Cierto que el mismo fin de semana los socialistas portugueses se aseguraban seguir en el Gobierno pero perdiendo la mayora absoluta. Y el Pasok griego acaba de solventar las elecciones en su país con una aplastante mayoría absoluta sobre el desgastado Gobierno de la derecha, a pesar de que los jóvenes "setecientoeuristas", con sus protestas en la calle desestabilizaron al Gobierno de Karamanlis, no parecían muy entusiasmados para apoyar su relevo democrático.
Por no hablar de las malas perspectivas de Brown en el Reino Unido o de la desorientación de la izquierda italiana, subsumida en una amorfa amalgama con los restos de la democracia cristiana. O de los socialistas franceses, que estos días han aprobado acudir a un sistema de primarias abiertas para elegir a su candidato a la Presidencia de la República, en un intento de buscar un campo de juego que no esté contaminado por sus profundas divisiones internas.
Así, el otoño parece haber llegado a una socialdemocracia europea que sólo seguiría gobernando, y con dificultades, en los tres países del sur que sufrieron las últimas dictaduras militares. Y la crisis no ha cambiado esa situación, más bien al contrario, ha reforzado el apoyo popular a los partidos más próximos a la ideología neoliberal.
Pero al mismo tiempo, en otras latitudes la izquierda está en una situación completamente diferente, su tarea de gobierno es valorada y aplaudida y sus perspectivas electorales son muy buenas. Aquí en Sao Paulo, donde el azar del calendario me hace presenciar el entusiasmo de los brasileños por su nominación como país olímpico, se percibe cómo en el cono sur latinoamericano la izquierda vive una verdadera primavera austral, como siguiendo el ritmo inverso de las estaciones en los dos hemisferios.
Bachelet en Chile, Lula en Brasil y Vázquez en Uruguay se van con altísimas cotas de popularidad. Sus Constituciones no les permiten volver a presentarse y está por ver si podrán transferir su capital político a los nuevos candidatos de la izquierda en las elecciones que se van a celebrar próximamente en esos tres países. Pero cualquiera que sea el resultado, una página histórica habrá girado. Y el contraste entre esas personalidades y la sociología de esos países muestra la profundidad de los cambios que se han producido en los últimos 30 años.
Chile ha sido gobernado por una mujer, divorciada, hija de un militar muerto en las cárceles de Pinochet. Brasil ha progresado en todos los frentes bajo el mandato de un sindicalista de muy humilde origen. Y en Uruguay, el primer presidente de izquierdas de su historia sale con una amplia simpatía entre los ciudadanos y se presenta para substituirle un ex guerrillero tupamaro de 70 años.
En Uruguay, las anteriores elecciones concitaron un interés particular porque por primera vez la izquierda podía ganar, y ganó. Ahora, como dicen los castizos del lugar, "ya no quedan vírgenes", todos los partidos importantes cargan con una historia de gobierno a sus espaldas y la capacidad de sus candidatos será determinante para la decisión del electorado.
Pero si en Uruguay la izquierda ha salido unida del siempre difícil proceso de las primarias internas, no así en Chile. La Concertación, conglomerado de cristiano-demócratas, socialista y radicales que ha ganado las cuatro últimas elecciones, presenta un candidato oficial, el ex presidente Eduardo Frei de la Democracia Cristiana. Un proceso de primarias confusamente resuelto ha originado la presencia de otros candidatos desgajados de la Concertación. La derecha en cambio se presenta unida con un solo candidato, el empresario multimillonario S. Piñera, que marca distancias con el pinochetismo y trata de vestirse con un discurso "social".
Falta hace. Los 20 años de gobierno de la Concertación han conseguido reducir la pobreza extrema desde el 45 al 13%. Han doblado el producto per cápita y mejorado las condiciones de vida de los chilenos sentando las bases de un sistema de protección social que el modelo ultraliberal implantado por la dictadura militar había eliminado de raíz.
Pero la desigualdad sigue siendo enorme en Chile, uno de los 14 peores países del mundo por la distribución de la renta, con el agravante de que ésta empeora después de aplicar los escasos impuestos, menos del 20% del PIB, que percibe un Estado mínimo.
Tampoco ha podido Chile avanzar mucho hacia una Constitución de generación democrática, manteniendo la de 1980, cuyas sucesivas reformas, algunas políticamente significativas, no han podido alterar su esencia ultraliberal en lo económico y conservador en lo social.
Y sin embargo, al calor de las próximas elecciones una buena noticia ha florecido en la primavera de Chile. Se va a acabar con la Ley Reservada del Cobre, que asignaba directamente a los ejércitos el 10% del producto de la venta de cobre por la empresa estatal Codelco. Esos recursos iban directamente de las minas a los ejércitos sin pasar por el Presupuesto y sin que el Parlamento tuviese nada que decir ni casi nada que saber sobre su destino.
Durante los pasados años en los que el precio del cobre estaba por las nubes, esa ley asignó grandes recursos a la compra de material bélico sin ningún control político. Ahora se va a sustituir por una ley plurianual de dotaciones a las Fuerzas Armadas, como la que hicimos los primeros gobiernos socialistas en España, que será parte integrante de los Presupuestos bajo control parlamentario. Se acaba así con un anacronismo heredado de la dictadura. Es, sin duda, un gran avance aunque haya habido que esperar al final de 20 años de gobiernos democráticos.
En Brasil también parece llegada la hora de que gobierne una mujer. Salvo que la división de la izquierda entre sus dos candidatas, la propuesta por Lula, su jefe de gabinete Rousseff, y la ex ministra de Medio Ambiente Marina Silva, que emerge de la extrema pobreza, lo impida. Pero el broche olímpico conseguido por Lula aumenta el calor de la primavera austral, mientras la victoria de los socialistas griegos atempera el rigor del otoño europeo.

