Aunque por su título no lo parezca, este artículo es otro de los innumerables que se han escrito sobre la llegada efectiva de B. Obama a la Presidencia de EEUU.
Los lectores me perdonarán, pero es imposible no referirse a un acontecimiento de esa importancia política, que ya ha empezado a producir líneas de ruptura con la herencia de Bush como el cierre de Guantánamo, el desmantelamiento de la red de cárceles secretas de la CIA, la prohibición de la tortura y la reaplicación de las Convenciones de Ginebra a todos los detenidos.
En realidad, con Obama no sólo se acaba Bush, sino la doctrina Reagan que ha dominado la política americana desde 1980 y que marcó incluso a Clinton. Una doctrina basada en la minimización del Estado, la reducción de los impuestos a los niveles altos de renta y la creencia en la autorregulación de los mercados. Y en la alianza ideológica del conservadurismo religioso, la modernidad tecnológica y el culto al dinero.
La economía sin reglas y la agresividad identitaria nos ha conducido al desastre. La gran esperanza que aporta Obama es que los seres humanos puedan ser más importantes que los mercados, que los gobernantes democráticamente elegidos puedan equilibrar el poder del capital y que la lógica de la cooperación internacional sea más eficaz que la de la confrontación. Es quizás demasiado para no temer más de una decepción, a fin de cuentas y a pesar del entusiasmo planetario que ha despertado, Obama es sólo el presidente de un país, el suyo, y defenderá prioritariamente sus intereses.
Y ni siquiera en casa podrá hacer todo lo que le gustaría porque en EEUU la separación de poderes es una realidad más efectiva que en muchas de las democracias europeas. Como lo prueban las dificultades que ya se anuncian para que el Congreso apruebe su plan de relanzamiento económico.
Pero el futuro ha cambiado de campo y todas las esperanzas nos son permitidas, como la propia historia de su elección lo prueba. El propio Obama suele decir que su historia no hubiera sido posible en ningún otro país de la Tierra. Elegir como presidente a un mestizo afroamericano que 50 años atrás no hubiese podido utilizar el mismo autobús que los blancos en muchas ciudades se ha presentado como el paradigma de las grandes transformaciones a las que una sociedad puede aspirar. Recuerdo, por ejemplo, que cuando Obama fue elegido senador y se empezaba a especular con la posibilidad de que Montilla fuese el candidato socialista a la Presidencia de la Generalitat, Pasqual Maragall dijo que si un negro podía aspirar a ser senador por Illinois, un inmigrante andaluz podía ser el president de Catalunya. Entonces la comparación no fue considerada cien por cien bien intencionada..., pero hoy el negro en cuestión es el presidente de EEUU y Montilla el de Catalunya.
Pero el cambio político que representa Obama tiene más que ver con otros elementos de su personalidad y sus ideas que el haber puesto simbólicamente fin a una larga historia de discriminación racial. Durante la campaña ha demostrado su capacidad de dirigirse a la inteligencia de los electores y no sólo a sus tripas o a la miopía de sus intereses inmediatos, explicándoles que el mundo no se reduce a una confrontación simplista entre el bien y el mal. En el triunfo de su capacidad pedagógica, afinada a lo largo de esa extraordinaria campaña de las primarias que ningún partido político europeo soportaría sin romperse, reside buena parte de esa inmensa popularidad, 70-80%, con la que llega a la Presidencia.
Esa popularidad hace que se le compare con Lincoln y Roosevelt. Todos los presidentes americanos tratan de enlazar con Lincoln, del que los republicanos continúan tratando de presentarse como sus herederos a pesar de que el partido republicano de Lincoln no tiene gran cosa que ver con el de hoy. La comparación y la proximidad son más legítimos para Obama, pero esperemos que no tenga que enfrentarse a la terrible guerra civil que vivió Lincoln.
Sus retos serán más parecidos a los de Roosevelt, aunque por el momento están lejos de ser tan desesperados como los que le tocó afrontar al padre del New Deal. Cuando Roosevelt es investido presidente en marzo de 1933 la situación económica es desesperada, con un paro del 25% y el sistema bancario quebrado. Por difícil que sea la actual situación, estamos lejos de la dimensión apocalíptica de los años 30, y precisamente por ello Obama no podrá aplicar medidas revolucionarias como las que aplicó Roosevelt.
Y además Bush no ha sido Hoover, que se enrocó en su dogmatismo anti-Estado. Aunque sea a regañadientes, Bush empezó a movilizar los recursos del Estado para combatir la recesión y auxiliar al sistema financiero. Pero esta vez la crisis es más compleja y más global, y su solución depende de un nuevo impulso inversor, especialmente en políticas energéticas y ambientales, y del desarrollo de políticas sociales, especialmente en sanidad, que disminuyan la galopante desigualdad de la era Reagan.
Obama, que está lejos de ser un conservador religioso, es un buen conocedor de la Biblia y le gusta decir que pertenece a la generación Josué, la que llegó a la Tierra Prometida. Detrás quedan los hombres y mujeres de la "generación Moisés", que le abrieron el camino luchando contra la segregación racial. Ahora le toca gobernar. Por el bien del mundo entero, deseémosle suerte. josep.borrellfontelles@europarl.europa.eu

