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Josep Borrell

Josep Borrell

De Berlín a Lisboa

10/11/2009 | 14:49 h.

Después de que Tribunal Constitucional checo juzgase, por segunda vez, que el Tratado de Lisboa era compatible con la Ley Fundamental de su país, al presidente Klaus ya no le quedaba más remedio que firmarlo. Así lo hizo el pasado martes 3 de octubre, pero lamentando que con ese Tratado la República Checa dejaba de ser un Estado soberano y que la Unión Europea se convertía en una nueva Unión Soviética.

Al día siguiente, David Cameron, líder de los conservadores británicos, enterraba oficialmente su promesa de convocar un referéndum sobre el Tratado de Lisboa si llegaba a Downing Street después de las próximas elecciones. Se libra así de una promesa que esperaba no tener que cumplir porque otros le habrían sacado antes las castañas del fuego, pero ni irlandeses ni checos lo han hecho. El ala dura antieuropea del conservadurismo británico no estará nada contenta, pero las perspectivas de ganar la partida a Brown les quitarán el berrinche.

El Tratado de Lisboa podrá, pues, entrar en vigor el próximo 1 de diciembre. Se acabarán así 10 años de discusiones sobre cómo reformar las instituciones europeas para adaptarlas a sus nuevas funciones y al cambio de dimensión de la Unión que significó la adhesión de los países ex comunistas.

El azar del calendario ha querido que todo eso ocurriera a pocos días del 20 aniversario del hundimiento del Muro de Berlín, que celebraremos hoy, 9 de octubre. De Berlín a Lisboa, el recuerdo del pasado se da cita con la puesta en práctica de los acuerdos sobre los que los europeos construiremos el futuro. Una gran ocasión para analizar lo ocurrido durante esos 20 años, desde un punto de partida que fue para casi todos una gran sorpresa, hasta un mundo radicalmente distinto del que habían proclamado los profetas del fin de la Historia, en el que el libre mercado y la democracia se habrían impuesto definitivamente como las únicas formas de organización económica y política.

Quién hubiese podido imaginar entonces que 20 años después el mundo occidental estaría interviniendo y casi nacionalizando una parte de su sistema financiero. Que Wall Street estaría al borde del naufragio y que una gran revista americana como Newsweek titularía en portada: "We are all socialist now". No, la Historia no se acabó en Berlín ese 9 de octubre, de igual manera que el Tratado de Lisboa no es el fin del proceso de integración europea.

Pero la Historia hubiese podido ser diferente si cuando se hundió el Muro la Unión Europea de entonces hubiese completado el camino que habían trazado sus padres fundadores 40 años antes. En aquel octubre de 1989 el euro era un proyecto de futuro incierto y la reunificación alemana parecía lejana y difícil. La caída del Muro pilló por sorpresa a la mayoría de los dirigentes, el propio Khol ni siquiera estaba en Alemania, y casi todos, Gorbachov, Mitterrand, y Thatcher especialmente, apostaban por un proceso largo. Mitterrand hablaba de un Europa que respirase con dos pulmones, construida a través de una confederación de la Comunidad Europea en el Oeste y una Europa del Este reformada por la perestroika. Con la perspectiva que da el tiempo, es evidente la falta de comprensión de la Francia de la época de la dimensión y de la importancia de aquellos acontecimientos.

Pero esos días la Historia se salió de su cauce y nada fue ya controlable. El rechazo del uso de la fuerza por parte de Gorbachov para evitar las "revoluciones de terciopelo" abrió el camino de la reunificación alemana, que ya era una realidad 6 meses después de la caída del Muro. Los alemanes de los landers orientales entraron así en la Unión Europea sin negociaciones ni tratados, ahorrándose el largo camino de 10 años que tuvieron que recorrer los otros países del Este.

La unión política de Europa siguió un camino mucho más lento que la unión monetaria acordada en Maastricht. Faltó un desarrollo equivalente de las políticas exterior, de seguridad y defensa, de producción de bienes públicos a escala europea, de un presupuesto suficiente, del abandono de la unanimidad, es decir, del veto, y de poderes del Parlamento Europeo.

Desde Berlín a Lisboa la Historia hubiera sido diferente si no se hubiese perdido esa ocasión. Hubiese sido diferente en los Balcanes y en Oriente Próximo, en las relaciones con EEUU y por tanto en Iraq, y ante la crisis financiera.

En la Historia que se ha escrito desde Berlín a Lisboa, la libertad económica ha crecido y desarrollado mucho más rápidamente que la libertad política. El fin de la Guerra Fría no ha traído el sueño de un nuevo orden mundial pacífico. Nuevas divisiones han surgido basadas en nacionalismos, la religión o el rechazo de los diferentes. Nuevos muros se levantan, virtuales o de hormigón, en Cisjordania, en torno de la Unión Europea, entre EEUU y México y en las desigualdades que crecen en el interior de las sociedades desarrolladas.

Y un 11 de septiembre, el del atentado contra las Torres Gemelas de Nueva York, y un 18 de septiembre, el de la quiebra de Lehman Brothers, muestran que el final feliz de la Guerra Fría al estilo de Hollywood no era tal. Ni el mercado es un mecanismo optimizador de la asignación de recursos que funciona tanto mejor cuanto más libre se le deja, ni el fin del equilibrio del terror atómico nos ha librado de nuevos temores. Ojala que la Europa de Lisboa no pierda nuevas ocasiones de escribir una Historia mejor.

10/11/2009 | 14:49 h.

Josep Borrell

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