Como en las guerras, fue el último avión que, el desdichado viernes 9 de enero, aterrizó en la T-4 del aeropuerto de Madrid-Barajas. El vuelo IB-6252 procedente de Nueva York despegó del Kennedy con sólo una hora de retraso (el anterior despegó con casi tres horas sobre el horario previsto) y al enfilar la cabecera de pista, poco antes de las once de la mañana, pude comprobar que, efectivamente, la visibilidad era mínima, mientras gruesos copos de nieve cubrían casi en su totalidad la cámara de televisión que el Airbus 340 tiene en su parte delantera para visualizar los despegues y los aterrizajes.
A su alrededor, decenas de aviones, cubiertos de nieve, parecían restos de una guerra incruenta librada contra la naturaleza. Después de recorrer la pista en su totalidad, el Airbus tuvo que atravesar una espesa capa de nieve mientras se dirigía hacia el finger para desembarcar.
Pero la verdadera guerra estaba fuera. En la recogida de equipajes, operación que duro hora y media, y a la salida para tomar un taxi. Y cuando ya se anunciaba por los micrófonos del aeropuerto que, debido a la inclemencia del tiempo, a la cantidad de nieve acumulada en las pistas y a la necesidad de descongelar a los aviones que habían quedado varados como si fuesen los restos de un naufragio, quedaban suspendidos todos los despegues y aterrizajes.
La presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, que se dirigía a Valencia, cerrado ya el aeropuerto, se metía en el Metro con varios de sus colaboradores para poder llegar a la Puerta del Sol y convocar un gabinete de crisis.
Cientos de personas desconcertadas se concentraban en los mostradores, mientras otros cientos intentaban inútilmente recuperar sus equipajes.
Fuera, decenas de taxis, paralizados por la nevada y sin poder salir porque todas las vías de acceso al aeropuerto ya estaban colapsadas, se negaban a aceptar a ningún viajero. Un autobús había volcado en la cuesta de salida y era imposible salir de la ratonera en la que se había convertido Barajas.
Bajo un frío siberiano, los taxistas eran la única fuente de información. La A-2 estaba cortada en sentido Barcelona desde el kilómetro 35. La A-3 (Valencia) tenía un atasco de treinta kilómetros a pesar de que se había restringido el paso de camiones desde Arganda del Rey. En la A-1 (carretera de Burgos) las retenciones eran de 85 kilómetros. Las menos afectadas, la de Andalucía (A-4) y La Coruña (A-6) tenían 7 kilómetros de coches paralizados. La A-5 (Extremadura) sufría cortes de más de 15 kilómetros. En total eran 400 los kilómetros de carreteras nacionales o autonómicas paralizadas por el caos. Por la Avenida de América, una de las salidas del aeropuerto, todo estaba paralizado. La esperanza, decían los taxistas, era la anunciada llegada de la Unidad Especial de Emergencia que se dirigía hacia el aeropuerto, pasado el mediodía.
La T-4 se había convertido en una ratonera mientras, en el interior, 50.000 pasajeros Vivian una autentica presadilla. Se suspendían casi seiscientos vuelos, el aeropuerto se convertía en un albergue donde durante mas de cuarenta y ocho horas miles de viajeros buscaban un hueco para poder dormir y hasta hacia su aparición los antidisturbios de la Guardia Civil para evitar varios motines de pasajeros que se negaban a abandonar los aviones después de varios desalojos.
La T-4, una de las mejores terminales aéreas de Europa en la que se ha invertido millones y millones de euros, no tenia maquinas quitanieves, tenia dificultades para descongelar los aviones varados en la nieve, no tenia la mínima noticia de la intensidad de la nevada.
Al llegar a mi casa a las cinco de la tarde, después de más de cuatro horas del aterrizaje, intento enterarme de lo que ha ocurrido. Nadie sabe nada, nadie quiere asumir responsabilidades. Todo es imprevisión. La Comunidad de Madrid le echa la culpa al Ministerio de Fomento. La Alcaldía dice que no tenía información meteorológica suficiente como para valorar lo que iba a ocurrir. El Partido Socialista acusa a la Comunidad por su imprevisión y el Partido Popular pide la comparecencia en el Parlamento y la dimisión de la ministra de Fomento, Magdalena Álvarez. A la vicepresidenta, María Teresa Fernández de la Vega, que ha llegado tarde al Consejo de Ministros pero que ha podido salir de la "ratonera de Barajas", se le ocurre recordar que "año de nieves, año de bienes", y la principal responsable, la ministra Magdalena Álvarez, se limita a declarar que ha habido fallos en cadena. Al tiempo que el ministro del Interior responsabiliza al Servicio Meteorológico del Ministerio de Medio Ambiente por fallar y tardar en dar sus previsiones.
La guerra se ha convertido, ya, en una contienda política, mientras en la "ratonera" permanecen miles de viajeros a la espera de noticias que no se producen. Para colmo, después de una huelga encubierta de pilotos y de otra, también encubierta, de controladores de la torre principal del aeropuerto, las autoridades aseguran que sólo a mitad de esta semana que acaba de empezar se recuperará la normalidad.
El resultado final es que se han perdido miles de horas de trabajo, que las escuelas han permanecido cerradas, que miles de viajeros todavía hoy están sufriendo las consecuencias de la imprevisión de AENA y que nadie quiere asumir responsabilidades. Ni siquiera se ha abierto una profunda investigación para saber qué es lo que ha pasado, por qué ha pasado, qué protocolos existen para estas situaciones de emergencia y quiénes son los responsables de todas las imprevisiones.
De poco servirá la comparecencia de la ministra de Fomento -una vez más- si no hay la mínima intención política de dar una satisfacción merecida al sufrido ciudadano que paga sus impuestos para que el Estado satisfaga sus necesidades mínimas.
En cierta ocasión, Felipe González, a preguntas de este cronista, definió el "cambio" con sencillez. "El cambio es que España funcione". Tan sencillo como eso, y tan alejado de la realidad como lo que ocurrió en todo el país el desdichado 9 de enero.

