Al final ha sido el triunfo de la diplomacia. el triunfo del consenso. el triunfo del sentido común que se ha reflejado en las ruedas de prensa de casi todos los dirigentes políticos que han asistido a la cumbre del G-20 en Londres (todos, como en las elecciones, creen haber ganado) y en las reacciones de las bolsas de todo el mundo, que, al contrario que en la cumbre de Washington, han experimentado unas notables salidas.
Ha sido el triunfo de Obama, que ha restablecido la relación multilateral que con su antecesor hubiera sido imposible, aunque ha mirado más hacia Asia, su principal objetivo (India, Corea del Sur y sobre todo China, en cuyo poder esta la gran deuda norteamericana), que hacia Europa, que ha sido incapaz de hablar con una sola vez y que se ha presentado en la cumbre con un presidente que políticamente es un desconocido, que ha perdido su mayoría parlamentaria en Praga y que desde su elección como presidente de turno ha sido más un problema que una solución.
Europa ha sido incapaz de hablar con voz propia y han sido Francia y Alemania, Nicolas Sarkozy y Angela Merkel, los países que se han adueñado de la situación para defender más intereses particulares y las líneas de sus respectivos gobiernos, que no siempre coinciden con los de la Unión, que los de la Europa de los veintisiete, algunas de cuyas economías están a punto de entrar en la quiebra.
Por eso ha sido también el triunfo del eje franco-alemán y, sobre todo, el triunfo de un Nicolas Sarkozy, que aunque no ha conseguido ese sueño que diseñó en el inicio de la crisis económica, de refundar el capitalismo, sí ha conseguido todo lo que se había propuesto, aun a costa de caer en la grosería al acusar a Obama de pronunciar "discursos bonitos" y de amenazar con abandonar la cumbre si sus propuestas regulatorias no eran aceptadas por Estados Unidos, nada partidario de esa regulación y muy alejado de cualquier intento de "refundación del capitalismo".
Todas sus propuestas han sido aprobadas y en el comunicado final se ha aceptado que se luchara contra los paraísos fiscales (en ese tema el presidente del Gobierno español ha hecho de mediador, y al parecer con éxito), que las retribuciones de los ejecutivos de entidades bancarias rescatadas con dinero público sean controladas, que todos los hedge funds estén bajo control público y que se prohíba a las agencias de rating asesorar sobre la emisión de títulos que luego van a calificar, teniendo en cuenta que han sido precisamente esas agencias de rating uno de los causantes de la actual crisis financiera que empezó en Estados Unidos.
Todas esas medidas son las que pueden contribuir a reestablecer la confianza en el sector financiero, y con ese objetivo se ha acordado la creación de un Consejo de Estabilidad Financiera, sucesor del Foro de Estabilidad, que contara con poderes ampliados para, junto con el Fondo Monetario Internacional, alertar de los riesgos macroeconómicos y financieros y tomar las acciones necesarias para actuar contra ellos.
Igualmente ha sido un triunfo del primer ministro británico, Gordon Brown, que ha preparado la cumbre y que, quizás con excesivo optimismo, ha presentado los resultados como un nuevo Bretton Woods, cuando en realidad Bretton Woods, que nació en el verano de 1944, fue una imposición de Estados Unidos, del que dependía el destino de la guerra que estaba terminando y el futuro, también, de una Europa devastada que había que reconstruir.
Por otra parte, según la exigencia norteamericana, el G-20 ha inyectado más de un billón de dólares ("una expansión fiscal sin precedentes, según Gordon Brown) que irá a parar al Fondo Monetario Internacional (FMI) y al Banco Multilateral de Desarrollo para restablecer el crédito, el crecimiento y los puestos de trabajo en la economía mundial.
En el fondo, mejor de lo que esperaban el eje franco-alemán y el propio Obama, más preocupado en que China siga comprando los bonos del Tesoro norteamericano y que resista la tentación de desprenderse del dólar que de la oposición europea a seguir inyectando más fondo en sus respectivas economías hasta no ver los resultados que a medio plazo producirán los miles de millones de euros ya invertidos y los rescates bancarios ya decididos.

