El alcalde de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón, habla en una entrevista, a su regreso de Copenhague, sobre la posibilidad de prolongar el sueño olímpico hasta el 2020, si bien la decisión pueda esperar todavía un par de años. Lo que toca ahora es apoyar la candidatura de España como sede del Mundial de Fútbol el 2018. Sigue dispuesto a asumir su responsabilidad por el fracaso, pero no dimitiendo, sino presentándose a las próximas elecciones para que sean los madrileños quienes le pasen factura si procediera.
El 26 de agosto escribía yo en esta misma columna que no compartía, o lo hacía con muchas reservas, que la elección de Madrid fuera como el premio gordo de una lotería planetaria. También lamentaba que en la domiciliación de los eventos deportivos tuvieran mucho que ver los viajes y los tirones de levita a cargo de nuestros representantes de la cosa. Todo con el dinero del pueblo soberano, por supuesto. Reproduzco los tres últimos renglones de aquel artículo: "Pero, créame el lector, yo quiero que nos den de una vez por todas los Juegos Olímpicos para que la capital de España sea algún día una ciudad normal. Si es que no nos marcamos otra meta para que la fiesta no decaiga".
Eran tantas las razones para temer lo ocurrido que sólo un fenómeno de sugestión colectiva, bien orquestado social, política e institucionalmente, explicaría tanto las grandes esperanzas contra todo pronóstico como la posterior sensación de haber sufrido, una vez más, un trato injusto. Aunque Río de Janeiro reúna sus méritos, es lo cierto que Jacques Rogger, presidente del COI, nos engañó diciendo que no se tendría en cuenta la rotación continental. Además, Ruiz Gallardón conoció el resultado antes de abrir siquiera el sobre de la suerte, lo que revelaría -por si hiciera falta- el perfil de ese infumable revoltijo de funcionarios deportivos a quienes hemos tratado como a los dioses del Olimpo. Y una de nuestras deportistas de élite recalcó lo que de injurioso tendría el fracaso para el propio Rey de España.
Pasado el trance, conviene decidir con calma si hemos de continuar trotando, como el asno del cuento, tras la zanahoria. Son muchos los intereses creados a favor de la prórroga indefinida del festín. Hay empresas constructoras muy respetables, pero hay también quienes se han acostumbrado a ir, venir, figurar y cobrar cantidades astronómicas por una camelística colaboración perfectamente inútil. Antes de gastar un euro más, antes de embarcarnos en otra aventura innecesaria y de incierto final, es preciso conocer con todo detalle por cuánto nos ha salido la última. Queremos la relación de gastos con cifras, nombres propios y apellidos.
Madrid soporta una deuda pública de ocho mil millones de euros, más que, juntas, Barcelona y las diez ciudades españolas que la siguen en población. Nos hemos empeñado hasta el cuello y por varias generaciones. Hemos reproducido y superado a escala municipal los males que el Partido Popular reprocha al Gobierno de la Nación. En Madrid se han hecho cosas bien, como lo túneles para solucionar problemas de tráfico, pero se está tirando literalmente el dinero en caprichosas remodelaciones de plazas y calles, por no hablar de algunas obras paletamente faraónicas.
Es una pena que no contaran todavía con una información solvente los centenares de miles de madrileños que se manifestaron ante el Ayuntamiento para apoyar nuestra candidatura. Probablemente hubieran sido muchos menos si se les hubiera dicho lo que le correspondía pechar a cada uno por la celebración aquí de unos juegos que en su mayoría hubieran visto por televisión como los seguirán ahora transmitidos desde Río de Janeiro.
Ahí está, para empezar, el recién nacido impuesto sobre la recogida de basura, como si se tratara de un nuevo servicio.
Entre el pan y el circo, siempre el pan.

