La historia moderna de Berlín, tras la derrota alemana en la Segunda Guerra Mundial, tiene tres fases: antes del Muro, durante el Muro y después del Muro. Ahora celebramos el vigésimo aniversario de la caída de aquel monumento a la iniquidad que la República Democrática Alemana construyó en el corazón de Europa para que sus súbditos no desertaran buscando la libertad y también una vida mejor. Porque ahí radica el gran fracaso del llamado socialismo real, en el que el sacrificio de la libertad no se tradujo, antes al contrario, en una boyante economía. Todo estaba planificado, incluida la superación del producto norteamericano per cápita. Pero las cuentas no salieron como se esperaba.
Yo llegué a Berlín en el año 1959 con una beca del Senado de la parte occidental de la ciudad para estudiar un par de semestres en su Universidad Libre. Kruschev había presentado un ultimátum para el reconocimiento de la República Democrática Alemana por las potencias aliadas. En caso de no acceder a ello, se confiaría íntegramente el control de sus fronteras a las autoridades de Berlín Este. La amenaza no surtió efecto y nada pasó. De la posibilidad de levantar un muro dividiendo la ciudad ni se hablaba siquiera.
Se pasaba de un Berlín a otro cruzando la calle o utilizando el metro o el ferrocarril elevado, que circulaban en todas direcciones. Eso sí, cuando un altavoz anunciaba que se había entrado en el sector democrático de Berlín, se entraba también en un mundo al revés. El sector democrático era el comunista. Y a continuación venían las demás contradicciones. Cinco marcos orientales se cambiaban por uno de la República Federal en cualquier banco público o privado de Berlín Oeste, pero en el Berlín Este se imponía la paridad oficial. Es sólo un ejemplo.
No eran pocos los estudiantes de derecho de la Universidad Libre que vivían en Berlín Este, y con uno de ellos, marxista convencido y luego un alto cargo del Gobierno de la República Democrática, mantuve una cierta amistad. El hombre creía sinceramente en el paraíso prometido. Ustedes, me decía, se toman en serio sus derechos constitucionales de reunión, manifestación y libre expresión, pero se olvidan de los derechos al trabajo y a la vivienda digna. Aquí, añadía, el desempleo no existe y a ningún ciudadano le falta un techo bajo el que cobijarse. Su afirmación era verdad pero no toda la verdad. El desempleado de la República Federal o del Berlín Oeste vivía mejor, aun estando en paro, que los trabajadores de la República Democrática en activo. Y además era dueño de sus decisiones, acertadas o erróneas, en un sistema que no dejaba de ser solidario en lo fundamental.
La caída del Muro fue el principio del fin de una ideología que se ha cobrado tantos o más millones de muertos que el nacionalsocialismo. Las responsabilidades por el estallido de la Segunda Guerra Mundial se reparten entre varias dictaduras, pero hoy conmemoramos la desaparición, al menos en Europa, de la última de ellas. La dictadura del proletariado no conducía precisamente hacia el paraíso terrenal.

