Vuelve a la carga Hugo Chávez con lo de las siete bases concertadas entre Bogotá y Washington, dentro de territorio colombiano, para combatir el narcotráfico y las FARC en el acho corazón de la cocaína, por lo reductos más intrincados de la selva. Dice el caudillo de Caracas que el despliegue informático y el propicio de las telecomunicaciones por satélite no busca ni una cosa ni la otra, sino el dominio de toda Sudamérica a través de la electrónica. En realidad no sabe qué decir y cómo ponerse para frenar el fin de statu quo de más de medio siglo de duración, que arrancó precisamente del "bogotazo" que, en 1948, quiso abortar el establecimiento del panamericanismo, en el que anduvo metido, según diversas fuentes, el ya vetusto Fidel Castro, entonces joven agente del estalinismo.
Dice Chávez, en esta tercera entrega contra lo que él llama el "guerrerismo" del presidente Obama -al que ahora desde la internacional bolivariana todos censuran porque, entre otras cosas, dice el depuesto Zelaya, "le ha dejado en medio del río", cuando ya se veía saliendo por la puerta grande de la Embajada de Brasil el Tegucigalpa-; asevera el vociferante que el imperialismo quiere acabar con la América emancipada, pero que él precisamente está para evitarlo...
Ensaya todas las formas para decirlo y todas las maneras posibles para ocultar lo que verdaderamente le preocupa, y que no es otra cosa que el desplome del doble y entrecuzado tinglado del castrismo al por mayor, instrumentado con las FARC, y la producción/exportación de la cocaína. Que puede ser el oro blanco, la "nieve" que acompañe al oro negro, al petróleo el día que éste falle nuevamente por otra implosión de los precios del barril. Cumple la droga, por otra parte, la función revolucionaria de corroer las bases sociales y los hábitos del ocio mundo capitalista...
Ese previsible desplome del tinglado como consecuencia del pacto de las bases colombianas es lo que verdaderamente le quita el sueño a Chávez, cuya posición y cuyas expectativas se han venido abajo desde los tiempos, no tan lejanos, en que él dominaba el escenario y comparecía como amigable componedor entre el poder de la guerrilla y el Gobierno de Colombia ya en manos del presidente Álvaro Uribe. Hubo un momento en que éste pareció que iba a seguir por la misma rutas de las trampas en que cayeron tantos presidentes anteriores; encelados todos con el señuelo de que con las FARC, lo mismo que con ETA, era posible el pacto para la paz y la renuncia a las pistolas. Las constantes, como es lo suyo, permanecen...
Exponente del cambio de situación en los últimos días desde que el hondureño Micheletti pudo contactar telefónicamente con Hillary Clinton, la secretaria de Estado, y relatarle los trapicheos aéreos con la cocaína que en tiempos del depuesto Zelaya entraba en Honduras procedente de Venezuela; es decir, la salida orgánica de la droga que se obtiene en las selva colombiana bajo de la armada de las FARC.
Ese y no otro es el mundo que peligra desde las condiciones sentadas con el arreglo sobre lo mismo entre la Administración de Obama y el Gobierno de Uribe, al que Chávez no tocará un pelo aunque vocifere. Más se grita cuanta menos razón se tiene.

