No asamos y ya pringamos. La prensa turca ha reaccionado con preocupación ante el nombramiento del primer ministro de Bélgica, Herman Van Rompuy, como presidente de la Unión Europea. Que éste dijera en el 2004 que "Turquía no es parte de Europa y nunca lo será" ha sido de inmediato recordado por los principales rotativos del que fue Imperio Otomano hasta la llegada de Kemal Ataturk al poder, derrocando el viejo sistema islámico y estableciendo un Estado laico.
El asunto tiene su relevancia en la medida que el dúo franco-alemán, opuesto a la adhesión plena de Turquía a la Unión Europea, ha sido la fuerza impulsora de la designación de Van Rompuy para la presidencia sustantiva y no rotatoria de la Europa de los 27. La cuestión tiene una clara lectura para nosotros en la propia medida que el presidente del Consejo de Ministros español, con su cachirulo de la Alianza de Civilizaciones, apuesta frontalmente por la integración plena de este importante aspirante y, por lo mismo, rechaza la fórmula alternativa de sólo una "relación privilegiada", por la que apuestan París y Berlín.
El hecho de que la propia mutación del Estado laico establecido por Ataturk se haya resuelto funcionalmente en una república islámica, por el reiterado viraje a un Gobierno sustentado en mayorías musulmanas, añade un problema al que supone el hecho de que el 90 por ciento del espacio nacional turco corresponde a territorio asiático. O sea, que el asunto de la identidad física y geográfica de Turquía, abrumadoramente ajena a Europa, se ve sobrepotenciado por la basculación hacia lo islámico de sus mayorías electorales. Los votos islamistas de Turquía -cuya población superaba los 70 millones y medio de habitantes a finales del 2008-, sumados al peso de los musulmanes radicados en Europa por causa de la emigración, en el caso de que el proceso negociador desembocara en la adhesión plena, ocasionaría un vuelco político, sociológico y demográfico de consecuencias incalculables, en sólo el medio plazo, para la población europea. Que se acentuaría todavía más en horizontes posteriores por las tasas de natalidad propias de la cultura musulmana.
La relación turca con Europa, en el pasado y en el presente, nunca tuvo ni tiene nada de cuestión académica. Y la salida al problema que supone, de vecindad crítica con lo europeo, no puede considerarse desde el voluntarismo o fantasías tales como la Alianza de Civilizaciones. Ocurrencia con la que el presidente Rodríguez espera pasar a la Historia. Los hechos son tercos y, en casos como éste, inamovibles.
Berlín y París no darán el brazo a torcer por mucha que sea la presión norteamericana a favor de la adhesión turca. Y Van Rompuy no irá a desdecirse de lo que auguró hace cinco años desde sus convicciones y propias percepciones, especialmente cuando ha sido el tándem franco-alemán el que ha impulsado su designación como presidente de la Unión Europea. La entrada en vigor del Tratado de Lisboa a partir del próximo 1 de diciembre va a traer dinámicas y cuestiones nuevas o renovadas como esta de la cuestión turca. Nada tendría de particular que ZP, a propósito de esto, haga lo que hizo Aznar a propósito de la guerra de Iraq: pegarse a Obama, contra París y Berlín. Sería toda una ironía. Aznar lo hizo por Perejil y ZP lo haría por la Alianza de Civilizaciones.

