Ni unidad nacional ni, tampoco, integridad territorial. Doble plato de la coherente incoherencia del presidente Rodríguez en el curso de este fin de semana. De una parte, y ante el Comité Federal del PSOE, la autocomplacencia por el sudoku letal para la unidad de España, en lo territorial y en lo funcional, felicitándose por la monstruosidad perpetrada en la distribución autonómica de los recursos presupuestarios. Es decir, Rodríguez se felicita por no haber sabido resolver en términos contables su rectificación del error "azañista" en que consistió su ofrecimiento estatutario al nacionalismo catalán de que apoyaría en Madrid el Estatuto que le enviaran desde Barcelona.
Contrariamente a lo que luego hiciera quien fue último presidente de la II República, que rectificó su wilsoniana posición inicial -antes aun de la traición de Companys cuando la revolución de 1934, al proclamar el Estado catalán-, Rodríguez se solaza y se felicita de la forma en que ha cuadrado su "sudoku" con el nacionalismo catalanista, que considera la más acertada, expresiva y plenaria del Estado autonómico. ¡Sabrá lo que dice!
Su objetiva conspiración confederalista va mucho más allá, desde luego, del genuino federalismo en que consiste el Estado autonómico consagrado en la Constitución de 1978, puesto que en términos de gasto de las administraciones autonómicas éstas pesan, en el caso español, como poder descentralizado y respecto del gasto de la Administración central, mucho más de cuanto lo hacen en el caso de EEUU los gastos y las competencias de los Estados respecto de los gastos federales.
El disparate conceptual y el embuste político del Faro de la Moncloa parece como si estuviera dirigido, en términos de oportunidad, a que el Tribunal Constitucional se lance finalmente por una sentencia interpretativa y ambigua sobre los recursos presentados contra el Estatuto de Cataluña. Nada abundaría más ni mejor en la coronación del disparate antiespañol a que se ha llegado para que los socialistas conserven el poder al precio que sea, por mucho que signifique como coste nacional medido en términos de cohesión y unidad solidaria.
La otra parte, la referente a la integridad territorial de España, ha expresado también una culminación de la disparatada ocurrencia de haber otorgado en su día condición de parte en lo que fue el contencioso de Gibraltar, a la Administración colonial del Peñón y de sus excrecencias -por metástasis territorial- más allá de lo que se pactó en el Tratado de Utrecht. Pero no es sólo el hecho de la visita a la Colonia por parte del catastrófico Moratinos, la primera que efectúa un ministro español, sino la reacción irritantemente inane al insólito suceso desde el Partido Popular. Me refiero a un comentario, el de Javier Arenas por Almería, en la que en vez de objetar esa insostenible visita, se ha limitado a censurar el comportamiento de las autoridades del Peñón contra los pesqueros y servicios costeros españoles. Parece que ya no es sólo el Gobierno socialista, sino también la oposición mayoritaria, quien ha perdido el sentido de las cosas. La posición de España en el Estrecho ha perdido muchos más enteros. Atención a la devaluada base de Rota. Los llanitos compiten en facilidades para USA.

