La noticias adelantadas de que, según el comunicado final de la Cumbre del G-20, se ha acordado incrementar en 500.000 millones de dólares los recursos del Fondo Monetario Internacional (dentro del billón de dólares convenidos para las instituciones financieras en general), así como la identificación de los países incursos en prácticas proteccionistas, además de actuar contra los paraísos fiscales, componen un paquete informativo que, además de despejar el pesimismo con que se esperaba el desarrollo de la conferencia económica londinense, pone las primeras luces sobre cuáles son los gobiernos que han hecho prevalecer sus intereses nacionales en este encuentro trascendental y cuáles otros han desaprovechado oportunidades ciertas que se presentaban para los suyos, más allá de la economía pero también para ella.
En lo primero merece destacarse lo muy conveniente que ha sido para Alemania, la locomotora económica de la Unión Europea, esa convenida dotación adicional para el FMI; recursos asignados para auxiliar a economías nacionales emergentes y sensiblemente castigadas por la recesión. El conjunto más numeroso, compacto y homogéneo es el de los países de la Europa del Este, a los que la crisis ha sorprendido en su despegue desde el pasado socialista con formato soviético; países sobre los que, económicamente, se había volcado Alemania. Es decir, la potencia sobre la que hubieran caído los cascotes de la quiebra colectiva de la Europa Oriental.
Este sabor a Plan Marshall euroamericano que tiene la convenida sobredotación finalista al Fondo Monetario Internacional permitirá salvar las cuentas de los beneficiarios, pero también reconoce, por parte estadounidense, el calado de los esfuerzos europeos conforme los principios de respuesta concertada, frente a la crisis, que se convinieron en la primera ronda del G-20, celebrada en Washington, con George W. Bush todavía como titular de la Casa Blanca.
En el capítulo de las oportunidades perdidas habría que anotar antes que ninguna otra la que ha dejado escapar el Gobierno del presidente Rodríguez. La ocasión que se ha dejado ir corresponde al apartado de los paraísos fiscales, asunto al que la Conferencia del G-20 le ha dedicado el correspondiente turno, dado la significación que le corresponde en el orden/desorden financiero internacional. Pero, especialmente, en lo que concierne al origen de los fondos refugiados en ellos. Ahí cuentan dos géneros de capitales: los resultantes de la evasión fiscal convencional y los capitales generados en prácticas criminales, como pueden ser los resultantes del narcotráfico y los habidos con el comercio ilegal de armas, del que se benefician los grupos terroristas, en Asia y en América del Sur.
Dos paraísos fiscales para este segundo tipo de acogida, la estrictamente criminal, se encuentran, según fuentes fidedignas, en el Mediterráneo. Uno es Chipre y el otro Gibraltar. Y uno se pregunta, ¿para eso sirve el desistimiento de la reivindicación española de la soberanía sobre el Peñón? ¿Tendremos los españoles, ante la dejación diplomática en curso, que seguir tragándonos ese sapo con salsa de Perejil mientras Rodríguez esgrime por el mundo su sonrisa como sucedáneo del don de lenguas?

