Sólo la crisis en radical por la que atraviesa la República Islámica de Irán podría explicar la insostenible práctica de las autoridades persas en lo tocante a sus actividades para el enriquecimiento de uranio, que fueron secretas durante el tiempo que pudieron sostener el silencio, interior e internacional sobre ellas.
Y ha resultado ahora, luego de las expectativas creadas con el acuerdo de Ginebra, en cuya virtud el Gobierno de Teherán enviaría a Rusia y Francia para que, respectivamente, enriquecieran hasta el 20% la práctica totalidad del material radioactivo del que dispone, enriquecido sólo en un porcentaje del tres, luego se le devolviera transformado en barras de combustible, para utilizarlo en el reactor situado en la capital iraní y obtener, desde ese potencial, isótopos radioactivos aplicados a tratamientos contra el cáncer.
Estas expectativas a que me refiero habían crecido y se habían ensanchado tanto por el contenido en sí del propio acuerdo como por la presentación política de la supuesta inflexión iraní en materia tan vidriosa y comprometida para ellos, al declarar el presidente Mahmud Ahmadineyad que Irán se abría para entrar en un tiempo nuevo en sus relaciones con Occidente y la entera comunidad internacional sobre materia tan sensible.
Pues ahora resulta, por lo que se ve, que todo eso se viene abajo, luego de que en los últimos días hiciera saber el Gobierno iraní que el citado acuerdo suscrito en Ginebra necesitaba de precisiones o ajustes técnicos que habría que negociar en otra tanda, como adenda a lo ya convenido y muy celebrado en su momento. La réplica norteamericana ha sido instantánea. Lo negociado y acordado, acordado y negociado está, ha dicho la señora Clinton, secretaria de Estado.
El gozo en un pozo. Y lo que toca ahora no es volver a negociar lo convenido en Ginebra, sino analizar para explicarse qué ha podido ocurrir para que sobreviniera frenazo de esta magnitud, que merece considerarse como monumental tomadura de pelo. Tan monumental como la propia crisis por la que atraviesa la teocracia iraní, a la que el escándalo electoral de este verano -por la masiva adulteración de los resultados- ha rasgado y hecho jirones los ropajes democráticos con que el sistema de los ayatolás apareció revestido en sus 30 años de vida.
El núcleo del problema iraní no correspondería al asunto de la energía nuclear, materia de este genuino escándalo de ahora, puesto que corresponde, como así se evidencia, a la médula misma del sistema que reemplazó al despotismo ilustrado del sah Reza Pahlevi. Un tinglado que ha permanecido en pie durante tres décadas y que por su complejidad, dificultades y equilibrios, diríase que circenses, merecería aplausos desde localidades donde contemplan el espectáculo de los analistas de la ciencia política. Resulta muy recomendable, por tanto, que junto a tales especialistas, permanezcamos atentos a la pantalla. Quizá la pregunta de Obama sea: ¿con quiénes negocio en Irán?

