Benjamin Netanyahu, el primer ministro de Israel, ha querido cobrarle al presidente Obama, en su demorada entrevista en la Casa Blanca, algo así como que asumiera el compromiso de decisiones prontas con Irán a cambio de que accediera a que el Estado palestino salga adelante, compartiendo su existencia con la del Estado judío en el mismo viejo solar.
En la dialéctica del actual Gobierno israelí, Irán y los palestinos (especialmente los de Hamas) vienen a ser una única y misma cosa. Aspectos diferentes e inseparables de un solo asunto de idéntica significación y preferencia: el problema de la seguridad de Israel. Hamas, de muy específica manera, no reconoce el Estado de Israel, mientras que el régimen de Irán, yendo aún más lejos, reitera expresiones contrarias a la propia pervivencia de éste.
Ninguna señal se ha producido, tras la prorrogada agenda de la visita de Benjamin Netanyahu a la Casa Blanca, de que los interlocutores hayan acercado en algo sustancial sus respectivos puntos de vista. Habrá que esperar al próximo mes de junio, con dos acontecimientos de importancia cierta para el estado de esa cuestión. De un lado, el presidente Obama -que antes habrá recibido también en la Casa Blanca al presidente egipcio Hosni Mubarack y a Mahmud Abbas, presidente de la Autoridad Nacional Palestina, llegará el día 4 a El Cairo para dirigirse a toda la comunidad árabe, y de otro lado, se celebrarán en Irán elecciones parlamentarias con todos los esotéricos ribetes que son propios del sistema aquel.
Será esa ocasión electoral la que acaso permita avizorar cómo ha impactado realmente en el régimen iraní la oferta del presidente Obama de refundar las relaciones políticas entre Irán y Estados Unidos. A quien en realidad corresponde la respuesta efectiva, además del protocolario desaire del acuse de recibo, no es al presidente Mahmud Ahmadineyad, sino al ayatolá Al Jameini, máxima autoridad de la teocracia allí imperante. Es este personaje, heredero de la autoridad sistémica de Jomeini, el fundador del régimen, el estrictamente decisivo en la cuestión.
De su mano derecha salió la designación como candidato a la presidencia de la república, por el comité de juristas y teólogos ad hoc, de Mahmud Ahmadineyad en las elecciones anteriores; mientras que de su mano izquierda emanó la instrucción de que Mohamed Jatami, el entonces jefe del Estado, no repitiera mandato. Una operación que se sustanció vetando las candidaturas liberales que concurrían a los comicios, entre las que estaba un hermano del propio Jatami.
Cabe decir que ésa será la señal de cómo se considera en Teherán la oferta de Obama de abrir nuevas relaciones con los iraníes. El actual presidente, Ahmadineyad, que fue ardoroso Guardían de la Revolución durante su juventud, obviamente no sirve como interlocutor del Gobierno norteamericano. Y, mientras tanto, ésta puede ser la óptica adecuada para mirar el enigmático ajedrez que juegan los ayatolás con la Casa Blanca y con Israel. Dos referencias siamesas en el tablero persa del Oriente Próximo.

