La seriedad de los incidentes habidos en Teherán este viernes pasado, involucrando en los mismos al propio ex presidente del Gobierno Mohamed Jatami, al que desturbantaron las turbas oficialistas, ha puesto de manifiesto lo profundo de varios planos o aspectos de la crisis política desatada en julio, con la manipulación de los resultados habidos en las últimas elecciones para que Mahmud Ahmadineyad fuera reelegido, pues tal era la voluntad de Ali Jamenei, el Líder Supremo de la Revolución Islámica.
Frente a la apariencia de que la crisis se encontraba básicamente resuelta, entre otras cosas por la gran criba policial que llevó a la detención de centenares de manifestantes contra el fraude electoral, y por los procesos judiciales a que fueron sometidos los disidentes, parece lo más cierto que aquello como esto, los disturbios de julio y estos de septiembre, no son otra cosa que la afloración de un tema más profundo que el de la trampa electoral misma.
El meollo del asunto no sería otro que el de la propia naturaleza de la crisis política iraní. Una crisis que sería preexistente a la catapultada por la trampa en las urnas, con la brutal falsificación de los resultados, y habría impulsado ella misma a los dueños de la dictadura de fondo -Al Jamenei y sus secuaces- a cerrar el camino a los reformistas, entre los que destacaba Musavi.
Acaso, por estar los de Jamenei imbuidos de la convicción de que dejado el sistema teocrático establecido a la distinta ley de su superestructura democrática, ésta acabaría relativizándolo y, en el medio o en el corto plazo, convirtiéndolo en una democracia política genuina. Algo que sería incompatible, por sí mismo, con la condición inicial del sistema político-religioso establecido en Irán, hace 30 años, tras del derrocamiento del aparato laico y autoritario con el que gobernaba el sah Mohamed Rezah Palhevi. La función geopolítica del Irán de entonces era idéntica a la que siempre ha desempeñado el sistema democrático de Israel. Por eso, además, no deja de tener su ironía que haya sido en la celebración de la jornada antijudía anual cuando se han venido a reproducir las manifestaciones de los "liberales" en Teherán.
No cabe menos que considerar, también, lo que puede influir esta crisis irresuelta dentro del problema nuclear iraní, a cuyo final desenlace no puede ser ajena la propia crisis, pues un sistema de poder como el de la República Islámica de Irán, cancerado por un problema medular como el que padece, resulta interlocutor de entidad incierta.
En todo caso, el nuevo capítulo recién abierto en las relaciones ruso-americanas con la retirada del escudo checo-polaco, si abre sintonías suficientes entre Moscú y Washington, puede condicionar de modo muy determinante el cuadro evolutivo del problema de crisis sistémico que padece la República Islámica de Irán, que ahora se encuentra frente a la disyuntiva de un fascismo teocrático, representado por Ali Jamenei o por quien le sucediera dentro de las mismas claves, o ir a una democracia confesional. Encajada sobre un Estado de Derecho, con garantías nacionales e internacionales.

