No todas son bandas armadas, pero las que lo son -como las FARC- resultan muy de verdad. A las que me quiero referir son las bandas políticas diplomáticas en las que se juega esta partida de Honduras que llega hoy a la segunda fase de la desviación costarricense, en la que el presidente Óscar Arias ha planteado un pacto de gobierno entre Zelaya y Micheletti, luego de que este propusiera dimitir condicionadamente y después de que, antes, llamase aquel a la insurrección desde Managua: último de los asilos donde se encuentra en su deambular alrededor de Honduras, de la que fue instrumentalmente sacado por el Ejército hondureño.
Un Ejército este resistente a la complicidad que el depuesto Jefe del Estado le pedía para su apaño constituyente, a la boliviana, ecuatoriana y venezolana; Lío que acabó, en un primer momento, con la destitución del Jefe del Estado Mayor, y en un segundo instante, con la "sustitución" del presidente del Ejecutivo, Zelaya, por el presidente del Legislativo, Micheletti, de acuerdo con el poder judicial.
Hoy se verá que aceptación tiene la salomónica e iniciativa propuesta por el presidente de Costa Rica. Fórmula que no será otra, que la del Departamento Americano del Estado. Instancia, que ninguno quiere evitar el desgaste hemisférico en el pleito hondureño, entre en el riesgo de su evaporación como referencia central dentro de las relaciones interamericanas.
Aunque obligado resulta advertir el signo de la maniobra de Washington sobre Venezuela al señalarla ahora mismo como origen y fuente del mayor narcotráfico americano actual. Factores tales como la protectora sintonía de Caracas -al igual que la de Quito- con la narcoguerrilla de las FARC; la corrección moral en las Fuerzas de Seguridad y las Fuerzas Armadas de Venezuela o la aceptación de las dádivas del régimen a cambio de su silencio, y de los sobornos del tráfico colombiano. O, de otra parte, hechos tan significativos como el cierre ecuatoriano, del gobierno del chapista Rafael Correa, de la base aérea que USA disponía allí para la lucha contra el narcotráfico, abre la lente política a imágenes de delincuencia con la droga sistémicamente ligadas a la revolución bolivariana. Son factores, formalmente desconectados, que corresponden a un segundo tablero regional centroamericano, que está ligado, como el primero, al tapete político con lo que se juega no solo el futuro de Honduras sino el equilibrio en la mayor parte de América del Sur.
Los recursos millonarios del narcotráfico, combinados con los que tienen su origen en el petróleo encarecido, son dos fuentes formidables de energía económica para la causa del indigenismo bolivariano a lo largo de la cordillera andina, y que añade a lo ya suficientemente obtenido en Venezuela, Bolivia y Ecuador, cuando esperan conseguir de la desestabilización política peruana, comenzada ya con el reciente conflicto armado en la amazonía y potencialmente multiplicada a medio plazo, electoralmente, con el relanzamiento del nacionalismo indigenista capitaneado por Ollanta Humala, ya derrotado por Adán García en las últimas elecciones. El billar hondureño solo es una banda en el desafío bolivariano contra todos y contra USA. Atentos todos hoy a San José.

