La fiscalidad predatoria del Gobierno de los Kirchner, la más perturbadora cristalización del populismo peronista -versión chavista y por ende filocastrista-, vuelve a poner el campo en pie de guerra. Otra vez los cortes de carretera y la interrupción de los suministros a las ciudades, muy especialmente a la megaurbe boneaerense. Insiste la Casa Rosada (ocho veces crecido el patrimonio del matrimonio ahora hospedado en ella, desde los dos primeros mandatos del marido y el actual de la mujer) y resiste la patronal agrícola, una año después de la primera batalla que llevó a que Argentina perdiera aquel turno de vacas gordas que fue el turno internacional de precios irrepetibles para los alimentos y muchas otras materias primas.
La avaricia gubernamental y fiscal llevó a que la Argentina, por causa de la oposición del campo a que el Fisco se llevara la parte del león -y, según algunos, incluso la de las hienas-, no pudiera aprovechar aquella ocasión de oro para equilibrar sus cuentas internacionales. No cupo exportar aquello de que se disponía porque, entonces como ahora, la huelga del campo cerró caminos, canales y puertos. Fue la perfecta ingeniería de la catástrofe gestora en términos de política económica y fiscal.
Durante el tiempo transcurrido desde entonces, en el que ha tenido cabida la visita ad limina de la presidenta Fernández al Papado nacional-leninista de La Habana, ha podido anotarse la inquietante novedad de que el Fiscal asignado al caso desistiera finalmente, en sus empeños de analizar los incrementos patrimoniales del singular matrimonio, que gobierna en doble régimen de gananciales los destinos de la entrañable nación argentina. Pero, al insistir los Kirchner, vuelve de nuevo la guerra de la política como predación contra el campo como producción y fuente primordial de la riqueza en la República del Plata.
Tras de las pretensiones gubernamentales y fiscales sobre la soja, el girasol y el trigo, principalmente, la estrategia de los Kirchner, enfocada a la demagogia para urbanitas bonaerenses, busca, en tanto presiona a las patronales del campo -compuestas en su más amplia mayoría por pequeños y medianos agricultores-, busca, digo, escapar del régimen en caída libre en que se encuentra su aceptación por la opinión pública del país. Y la vía de escape no es otra que la del adelanto de las elecciones para finales del próximo mes de junio.
Lo que en normales términos de lógica política augura un fracaso electoral del matrimonio kechneriano -entre tanto se ha perdido otro turno de oportunidad nacional por el camino de las exportaciones-, vendría también a cerrar un nuevo acto en el drama histórico argentino. Drama que es tanto como la crónica del declive nacional de un país que, en el tranco de 80 años, ha pasado de poder haberlo sido todo en América -tanto o más que Estados Unidos, según algunos-, a rematar poco menos que en un debate de estancamiento insuperable, o de estricta supervivencia, por causa de la defección de sus élites gobernantes. Esta Argentina aparece en semejante deriva que Venezuela. Los Kirchner queman el campo como Chávez la renta del petróleo.

